LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


El discurso del Rey

No pienso perder un minuto comentando las memorias de David Cameron. Es importante que no olvidemos que fue un político nefasto cuya ignorancia iba a la par de su prepotencia. Solo le importaba el poder, su vanidad y la imagen externa de su figura desprendía. Las encuestas eran su hoja de ruta y creía que sus actos no tenían consecuencias. Esa seguridad, esa contundencia, no era una demostración de conocimiento sino una evidencia clara de su suprema estupidez. Hay que tener un ego descomunal para creer que nada puede salir distinto de lo planificado.

Cualquier político que piensa que está tocado por el destino, que tiene baraka, lleva a su país al fracaso. El referéndum de Escocia salió a favor porque un patriota, laborista llamado Gordon Brown, de origen escocés se batió el cobre. Para David Cameron fue un tonto útil, pero no aprendió de la experiencia. Su arrogancia ha dejado postrada a Gran Bretaña que lleva 3 años sin que la clase política sepa qué hacer.

El parlamento británico ha tumbado tres acuerdos negociados con la UE y con ese rechazo ha provocado la dimisión de Theresa May. Es posible que la exprimer ministra no fuera el político más hábil, que estuviera pésimamente asesorada, pero hizo un esfuerzo real por conciliar la voluntad popular con la hostilidad parlamentaria a todo lo que significa Brexit.

Boris Johnson le ha sustituido con una batería de decisiones rápidas y legalmente arriesgadas, las cuales han sido criticadas por la oposición al ser vistas como un ultraje a la democracia. Sin inmutarse, ha planteado la opción de convocar elecciones, decisión que requiere en la actualidad una mayoría cualificada gracias a un pacto pasado de David Cameron con Nick Clegg, propuesta que los otros dos partidos han rechazado al comprobar que las encuestas le son favorables al mercurio Boris.

Para rematar el despropósito, los liberales demócratas en su congreso han votado a favor de no convocar un segundo referéndum e ignorar la voluntad popular rechazando el artículo 50. El argumento sería que los ciudadanos cuando votaron no tenían toda la información para decidir inteligentemente.

El problema es que la mayoría parlamentaria no coincide con la voluntad popular. Los seguidores británicos de la UE no han sabido explicar cómo el desprecio a una consulta popular es un acto democrático, aunque no les guste el resultado. Me temo que los británicos pueden no coincidir con esa postura. La crisis con la UE no es pasajera.


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