NUEVO SURCO

Javier López


La educación y el humo

Salta ahora a la palestra el asunto de la educación, enrabietado y con prisas, como si fuera un problema nuevo y estuviera en las manos resolverlo a golpe de pin parental o decretando la implantación implacable de la ‘escuela feminista’, depende del color con que se mire. Porque, en el otro lado del espectro, tenemos a Irene Montero replicando: «eso va contra la escuela feminista», y lo cierto es que la inmensa mayoría de los españoles transcurre en su vida, cada día más desencantada de la política y sus representantes, alejada tanto del pinpaternalismo como del feminismo de postín y postureo. La vida es otra cosa, y en ella va implícita una normalidad, que solemos llamar sentido común, que los políticos marketinianos de hoy, algunos con tan poco fuste, se niegan en reconocer, porque en la negación de esa normalidad les va a ellos el negocio, el suyo, claro. Y la verdad es que la buena educación transita por avenidas bastante más amplias que las del pin parental de Vox o el feminismo superprogre de Irene Montero.
Sin embargo, habrá que echarse las manos a la cabeza de nuevo comprobando como el gran tema de la educación española se intenta resolver con un debate falso y estéril, humo de consumo rápido, tóxico en cualquier caso, mientras que el gran pacto por la educación que se nos sigue debiendo a todos los españoles continua sin hacerse, en perjuicio de las generaciones que se incorporan al mundo del trabajo y las responsabilidades  sociales, también la de votar.  Dos grandes lacras tiene España que han impedido que en estas décadas de democracia el salto, que ha sido grande, hubiera sido mucho mayor: una es el independentismo, siempre  sobrerrepresentado en las instituciones en virtud de la ley electoral,  que ha estado actuando a modo de sanguijuela de las energías nacionales. La otra: la falta de un gran plan educativo nacional, consensuado y valido para todos los gobiernos, auténtica columna vertebral de un país puntero en el mundo desarrollado.
Ambas lacras tiene una relación evidente. En lugar de ese gran acuerdo educativo para todo el territorio nacional, se ha optado por un modelo variable, con varias leyes educativas a lo largo de cuatro décadas, y diversificado al máximo en cada una de las diecisiete comunidades que conforman España, por más que haya mínimos comunes unificadores. En algunas, como País Vasco y Cataluña, esa competencia se ha exprimido a tope para ir conformando su particular y particularista ‘vertebración nacional’. Y hay que decir: tan injusto sería extender esta acusación a todo el circuito educativo catalán y vasco como negar la evidencia en muchos de sus centros educativos, y no solamente en estas dos comunidades.  A la vista están los resultados.
Ese es el gran déficit que en ningún caso va a resolver un pin parental planteado en una comunidad autónoma para marcar perfil y ganar cuota de pantalla, al tiempo que el otro partido con el que se está rivalizando queda montado a la grupa del caballo. El problema es mucho más hondo  y mucho más profundo, no es de recibo acometerlo desde el tacticismo electoralista, y no pasa por poner en cuestión, con la excusa de defender la soberanía de los padres, las transmisión de unos valores que tienen mucho que ver con en el respeto a las formas de vida y la opciones sexuales, lo cual siempre es un paso adelante y positivo en favor de la libertad y la dignidad de las personas.
Los hijos no pertenecen al Estado, pero, ojo, tampoco son una pertenencia incondicionada de sus progenitores. Los hijos no son pertenencias, y sí deben ser educados, en la familia y en la escuela, para ser seres humanos decentes, autónomos, capaces de discernir y decidir, respetuosos con las formas de vida y las elecciones de cada uno. Si esto no es así, y lo que se impulsa en algunos centros educativos es,- como denuncias las terminales de algunas derechas-, a ser homosexuales y lesbianas por obligación, que se diga con verdad y sin demagogia, con datos concretos y con rigor. No estaría de más que los políticos  quitarán sus a veces sucias manos de estos temas y comenzáramos a escuchar algo más a los profesionales de la educación.
Al final la educación es respeto máximo al ser humano que tienes al lado, incluyendo sus formas de afrontar la vida, y compromiso con tu entorno, con tu país también, sí, mucho más si en ese país se respetan todas las diferencias y todas las pluralidades. Todo lo que no sea eso, y por supuesto la transmisión de instrucción y  de conocimientos, sobra en el panorama educativo.



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