LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Matar al mensajero

09/07/2020

Podemos ha señalado a Vicente Vallés como un mal periodista que sirve no sé qué tipo de intereses, alejados de los propios del periodismo, el derecho a la información veraz y contrastada o la objetividad. Esto es más viejo que el mundo mismo, poco esperable de una formación que iba a asaltar los cielos y hacer la revolución. Al final, se ve que el ser humano yerra y tropieza siempre en la misma piedra, que puede tener diferentes picos o ángulos, todos ellos relacionados con la vanidad, el narcisismo, la egolatría o la soberbia que da el poder. De ahí mi admiración por aquellos sistemas políticos que limitan mandatos, pues lo que no hayas hecho en ocho años no lo harás mucho más tarde. O tal vez sí, pero con una asunción de riesgos para la ciudadanía muy alta, que puede apreciar con el paso del tiempo cómo se depaupera la calidad democrática y el mecanismo de contrapesos de poder que la define. Una democracia no es votar cada cuatro años. Forma parte de ella, sin duda; pero una democracia incluye, hay que volver a Montesquieu y Tocqueville, la separación de poderes y los derechos de ciudadanía. Y dentro de ellos, la libertad de prensa es la piedra de toque auténtica y verdadera.
Matar al mensajero viene de los tiempos de la Biblia misma. E incluso hubo aquellos que murieron por sí solos como el famoso atleta de la batalla de Maratón que exhaló el último suspiro de su vida después de correr días y noches para dar noticias de la guerra. Pero el poderoso siempre ha temido al crítico, plumilla o periodista que no se somete. Soy de la opinión –y la he manifestado en múltiples ocasiones- de que al periodista no puede pedírsele objetividad o independencia. Todos somos sujetos y dependemos de alguien. Pero sí se le debe exigir honestidad. La debe propiciar él mismo incluso cuando sepa que pueda incurrir en contradicciones. Pero la verdad solo tiene un camino, existe y es cuestión de verla y encontrarla. Otra cosa es que su destello refulja tanto que deje ciegos a aquellos que no quieren verla. El coronavirus, por ejemplo, nos ha puesto frente a ella. Nos ha puesto, incluso, frente a nosotros mismos, con un tiempo y soledad reencontrados que no esperábamos durante la travesía de este proceloso océano. Ahora cada uno debe responder ante sí.
González ya habló del sindicato del crimen; Aznar puso los pies sobre la mesa de Bush e incordió incluso a Antonio Herrero antes de morir; Zapatero fue el que mejor aguantó la crítica, aunque también hizo lo suyo por controlar los medios; Rajoy liquidó a todo periodista que oliera a barceneo y Pedro, ahora, con la complicidad de Pablo, también busca la aquiescencia y el pórtico mediático. Es justo, legítimo y entendible que el político quiera que le digan de forma permanente lo guapo que es y lo bien que lo hace. Pero los inconvenientes de una democracia pasan, entre otras cosas, porque exista una prensa libre, independiente y honesta que pueda contar las contradicciones del poder en su ejercicio, cuando no sus abusos. Vicente Vallés, creo, es el paradigma de la seriedad y el análisis. Lo único que hace es colocar un espejo frente a la realidad. Lo que pasa es que lo hace por televisión y en prime time, basándose en datos concretos y declaraciones específicas. Como también Alsina en Onda Cero. El frío análisis que deja desnudos los intereses partidistas, las manipulaciones y retorcimientos propios del poder político. Hacer periodismo hoy en España es, aunque parezca un contrasentido, colocar de nuevo los espejos del callejón del Gato y volver otra vez a Valle Inclán.