A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


Viaje a los mundos imaginarios

26/03/2020

De todos los considerables avances que nos ofrece nuestro mundo, personalmente el que más valoro es la capacidad de poder viajar a prácticamente cualquier sitio y con relativa facilidad (e incluso economía) a la mayoría de ellos. El primer gran avance de la humanidad, desde mi punto de vista, no fue el hallazgo de la rueda o del fuego, como suelen decirnos los libros, sino pasar de ser sedentarios a nómadas, ir de acá para allá, cambiar de asentamiento, descubrir otros lugares, entrar en contacto con diferentes personas, poner en juego una de nuestras mejores virtudes, la curiosidad. Ese largo camino que pasa por todas las etapas bien conocidas nos trae hasta estos momentos, en que con coches, trenes, aviones y barcos encontramos la posibilidad necesaria para ir a cualquier lugar situado entre los polos. Por eso, la perversa enfermedad que nos tiene acongojados hace ya mucho tiempo (y lo que queda aún) añade a sus efectos inmediatos el castigarnos con la inmovilidad casi absoluta, el encierro, el confinamiento, terrible palabra que ha estado siempre ligada al encarcelamiento de los delincuentes.
Somos, pues, unos penados, sin que esté muy claro qué delito colectivo hemos cometido para merecer semejante castigo, contra el que cabe, sin embargo, un excelente remedio que, imagino, es el que también ejercen de forma cotidiana quienes sí se encuentran en prisión debidamente condenados por legítima autoridad. Lo oía al vuelo en una de esas tertulias radiofónicas que nos amenizan la jornada. Contra las cuatro paredes de la habitación el mejor ejercicio es la imaginación. Y de esa forma es posible huir de este injusto encierro, alimentando ilusiones mientras se dirige la mirada al exterior, como si tuviéramos delante una juvenil bola del mundo y la hiciéramos girar, lentamente, leyendo con fruición los nombres de ciudades y países que van pasando ante nuestros ojos, con imágenes que se multiplican por doquier, aunque pocos, muy pocos, hemos podido pisar y visitar realmente, desde la Gran Muralla china hasta la luminosidad de Antartida.
Me gustaría ser como Zequiel, el espíritu burlón de nuestro paisano el licenciado Torralba y, como ellos, poder hacer un fabuloso viaje por los aires y en un momento, desde Valladolid a Roma, para llegar a tiempo de ver cómo las tropas del Emperador Carlos entran a saco en la ciudad eterna y desbaratan en un pis-pas el poderío del Papa. Imagen fastuosa, felizmente recuperada por Cervantes para que sus dos personajes, Don Quijote y Sancho, sobrevolaran también a lomos de Clavileño entre la juerga desbocada del duque, la duquesa y sus invitados. Por los aires también salió volando, a causa de una fortísima tormenta, Dorothy y en su desbocado caminar se encontró con el Hombre de Holajata y el Espantapájaros y junto con otros maravillosos personajes más pudieron ir al encentro de El Mago de Oz. Alicia lo tuvo más fácil: solo era preciso pasar al otro lado del espejo para encontrar el país de las maravillas. Aunque para imaginación la de Julio Verne, que a los niños de entonces nos hizo viajar emocionadamente a la Luna, al fondo del mar, al centro de la tierra e incluso a hacer algo que entonces parecía imposible: dar la vuelta al mundo en ochenta días.
 Yo acaricio, mentalmente, la llegada del día en que sea posible volver a ejercitar la maravillosa experiencia de salir a la calle y viajar a sitios muy cercanos, aquí mismo, al lado, a través de los caminos y carreteras de esta bellísima provincia de Cuenca, llena de incitaciones artísticas y excitaciones paisajísticas. Porque será la señal más cierta e indiscutible de que habremos recuperado la libertad que, como dijo también Don Quijote, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Y a las mujeres