NUEVO SURCO

Javier López


Al límite

03/02/2021

Vivimos una situación límite, sembrada de dolor e incertidumbres, repleta de situaciones que no imaginábamos vivir solamente hace un año. Lo pensaba hace unos días mientras veía a Emiliano García-Page recibir a los reyes de España en Illescas al tiempo que convivía con la desazón de haber perdido a la madre unas horas antes. García-Page haciendo de tripas corazón en el que posiblemente es el momento más desgarrador de una vida para la inmensa mayoría de las personas de toda raza, condición y latitud. Despedir a una madre es algo tan inmenso que poco espacio debe dejar a otro tipo de encomiendas, aunque sea recibir a los reyes que llegan por estos lares a inaugurar un centro logístico de Seur. Anestesiar el dolor, ponerse la coraza, y seguir.
Doña Gregoria, la madre de Emiliano García-Page, es un claro testimonio de una generación que vivió al límite pero que supo cambiar de escenario llevando a un país, tan grande en su historia, a algo más cercano a lo que esa misma historia demandaba en términos de prosperidad. Lo hicieron con trabajo, sudor y un seiscientos que lo mismo servía para un roto que para un descosido. Estremece pensar ahora en ellos y como se nos están yendo en este año fatídico que marca un antes y un  después en la vida de nuestro país, otro límite.
Los sanitarios y los hosteleros, cada uno por lo suyo, bordean el punto de inflexión ante la tercera ola que va remitiendo, según se mire, pero que nos está brindando un invierno de lo más crudo acompañado por el frío, la nieve y el viento. Un invierno duro para tiempos recios. Todo parece diseñado como para dibujar un escenario de catástrofe, aunque la esperanza, que siempre es lo último que se pierde, es lo que nos mantiene en pie y esperando una vacuna que no termina de llegar. Por eso resulta tan indignante que haya personas que se salten la fila, obispo, político o sindicalista, igual da, porque hoy la vacuna es la única esperanza que tenemos de que la pesadilla pueda tener algún punto y final. Es la única esperanza para los que andando por la clase media de la vida, es decir, casi todos,  no se pueden ir a Emiratos Árabes de turismo ‘vacucional’  a comprarse la dosis salvífica.
El límite hoy lo marca un leve pinchazo en el brazo que no nos terminan de dar y que esperamos al borde de la desesperación mientras que observamos a la manera de espectadores irremediablemente pasivos como la Unión Europea se pelea en los mercados internaciones por conseguir un abastecimiento suficiente. Se pelea en el terreno de juego de los ricos, donde algunos son más avezados y rápidos que la vieja Europa, siempre tan lenta de movimientos, como si nos costará toneladas de esfuerzo salir de nuestro letargo de comodidad y bienestar. O nos   espabilamos o nos espabilan, aunque, y todo hay que decirlo, peor están en los países pobres donde las vacunas llegarán a cuentagotas  y en remesas  de cooperación internacional, paquetes de ayuda humanitaria. Sin embargo, ¿no merece tanto la vacuna un dominicano como un alemán?.  Responderlo nos lleva a relativizar la indignación europea por la vacuna que no llega.
En los países pobres el virus está haciendo estragos. Covid-19 nos iguala a todos, aunque a la hora de la solución haya clases y en Israel estén en la cabeza de la primera división. En los países pobres la endiablada especulación de las farmacéuticas para destripar económicamente las arcas de los ricos no tiene lugar porque de momento solamente llegan las migajas en una injusticia sin parangón que por el mundo desarrollado no nos cansamos de analizar como si con tantos sesudos análisis pudiéramos anestesiar la mala conciencia.
Pero es normal, y humano,  que con la que nos está cayendo encima  nos preocupe tener vacunas ya, cuanto antes, gratis y repartidas de forma rápida y eficaz. Nos preocupa esa visita vivificadora al centro de salud y no vemos el momento. Nos tenemos que acordar, mientras tanto, de los que se han quedado en el camino y de una generación que lo puso todo y ha tenido un complicado final, con independencia de que la causa de la muerte haya sido el virus maldito, un tumor o cualquier tipo de incidencia fatal, la propia vejez que no perdona. Un generación abnegada que vivió al límite y que con su esfuerzo marcó, al mismo tiempo, un límite, un antes y un después en nuestro país.  Covid-19 es ahora lo suficientemente poderoso como marcar de nuevo un antes y un después en España. Después, cuando todo pase, no volveremos a recobrar la alegría de antaño, dicen los pesimistas. Nos costará, pero volverá, queremos pensar y confiar.