TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Clandestino

Ahora que ya hemos elegido un nuevo presidente, ahora que yo, que siempre he ido a contracorriente, he decidido no ser investido, ahora que como no sé muy bien que es eso del investment que se ha perpetrado en las Cortes, he decidido desvestirme, ir en pelota pica, a vuela pluma, sin plumas, lo cual como aún tengo algo de vergüenza, me ha obligado a pasar a ser clandestino. Pero no para ser como alguno de los que hay en los grupos de WhatsApp o Facebook, que se quieren enterar de todo sin contar ni aportar una miaja, sin que nadie recuerde cuando fue la última vez que se dejó ver con alguna idea que dejara entrever en que piensa el susodicho o so bicho, que como no se expresa no se sabe qué es. Me borraré de algún grupo en el que veo que alguno va de camuflaje, de esos que están pero no se les ve, de esos que si los alumbras con un mechero muerden, como los bichejos ponzoñosos. Los hay que son fieles a unas ideas que nunca se han molestado en contrastar, no sea el caso de que descubran que no tienen razón, o ante el temor de ser descubiertos y que alguno le dé un zasca, o un metafórico pescozón, algo de lo que he sido objeto activo y pasivo.
   Siempre ha habido violencia provocada por disturbados disyuntores, y el diagnóstico del porque es muy sencillo, que la sociedad humana es de todo menos humana, todo lo más humanoide del género homo no sapiens. Cuando las cosas nos van bien a casi todos, nos aproximamos al centro, nos juntamos, nos llevamos bien y parece que nos queremos, lo que pasó cuando la transición, esa cosa del posfranquismo, y cuando las cosas no nos gusta cómo van pues nos alejamos del centro, de ese punto de encuentro, de esa amistad sin ideología, y empezamos a no querer saber nada del otro, solo miramos nuestros intereses. Y como eso de los intereses es un cosa que manejan muy bien los banqueros de lo ajeno, los depositarios de las ideologías de uno y otro extremo, pasa que sale de las alcantarillas lo que trastorna a España en este mismo momento, en este instante en que estamos a cada segundo que pasa más divididos que el anterior. Hay cada vez más gente que vota a extrema derecha para contrarrestar a la fuerza contraria. Disciplinantes de extrema izquierda alumbran con sus hachas y sus hoces, y constitucionalistas hartos de hoces e incendios levantan la voz a los menos constitucionalistas. Los más monárquicos gritan a los que piden más república, y las letrinas deletrean los insultos, el agravio y el dicterio. Es obvio que he crecido con la Constitución que me enseñaron a respetar en el San José, la que no entendí en la mili y me llevó a la objeción. Yo sé que aunque me cueste subir a lo alto de la montaña luego descansaré en la bajada, pero no me gusta ir siempre ir cuesta abajo, y esa es la impresión que tengo cuando hablan los del nacionalismo y demás morralla y tropa independentista, o cuando veo a los insurrectos insolentes que se amotinan en Bruselas, en la Flandes que siempre tuvo envidia de España. En una nación civilizada, aparentemente, la gente al menos respeta al prójimo. Hoy he intentado ver al Wyoming pensando en que lo soportaría, y no he podido cuando se ha cachondeado de la religiosidad de los españoles, al decir del cachondeillo que tienen montado en el congreso de los imputados. Un minuto para mí fue demasiado. En el mundo deberíamos ser más solidarios, y el Wyoming de turno dejar libre algunos de sus pisos a ocupas y gente de mal vivir, dar ejemplo y no boquear por la pasta. A algunos solo les importan las dadivas de los rencorosos, el salario del que le importa el pueblo solo si le saca beneficio. En estos tiempos convulsos lo que más molesta a muchos, es aquello que no pueden comprar, y es lo que dicen algunos demagogocitos que sobra: «La buena gente que remueve las conciencias». Y ese es el motivo por el que los cristianos están siendo tan perseguidos, porque la religión es independiente de las ideologías, aunque algunos que no tienen ni pajolera idea de lo que hablan digan que es falso. 
No siempre es así, pues sabido es lo que opinan ciertos sectores de la iglesia vasca o la catalana monserratina, y Javier, el cura de mi pueblo, que quiere llenar la iglesia de creyentes, aunque cada vez van menos..



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Ayer estaba un pelín desilusionado aunque voluntariamente esperanzado