BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Barcelona en llamas

Una vez más el Gobierno de España se ha visto desbordado por los acontecimientos; parece que ése es su sino. ¿Dónde los servicios de espionaje? ¿Dónde los asesores? Escribo estas líneas la noche del viernes, 18 de octubre, cuando todavía humean cientos de hogueras en el centro de Barcelona, esa ciudad que adoramos, y que se ha convertido en el blanco del horror desde que los pujoles cometieron la gran traición al tiempo que se llevaban a espuertas el dinero de los catalanes.
Todo lo que pueda decir se ha dicho hasta la saciedad; todos los lamentos y las condenas que pueda emitir se han emitido hasta el infinito. Lo que sí se puede añadir es que aquí, como en tantas ocasiones, entre todos la mataron y ella sola se murió. Siempre lo dije y una vez más me atrevo a repetirlo: desde el momento en que Adolfo Suárez inició la aventura de la Transición, empezó a fraguarse la gran traición de vascos y catalanes con el claro objetivo de separarse de España. No tenían prisa, pero sí tenían muy claro lo que debían hacer: apropiarse de la educación, tener su propio sistema educativo y  educar a las sucesivas generaciones en el odio a España, inculcarles el odio sembrado por Arana y los aranistas, meterles en la sangre que ellos, vascos y catalanes, catalanes y vascos, eran mejores, más listos, más emprendedores, más sanos y con mejores genes que ese pueblo de pastores fracasados y holgazanes, sucios y pendencieros castellanos, acostumbrados a vivir de los demás, como las sanguijuelas. Con tal de salirse con la suya, destrozaron el sistema educativo nacional, que procedía de la República, y elaboraron uno ad hoc, con un sistema de oposiciones endogámico, destinado a crear un cuerpo docente integrista, en el que el saber quedara supeditado a la fidelidad de la raza fenicia y vasca. Los de Madrid ni se enteraron, tan ciegos estaban con los halagos que les prodigaban de toda Europa por lo bien que habían hecho el tránsito de la dictadura a la democracia, integrando incluso a los temidos comunistas; pero la semilla estaba ya sembrada: Pujol y Arzalluz se encargaron de hacerlo valiéndose de un sistema bipartidista que continuamente iba a necesitar de ellos para conformar mayorías a cambio de prebendas.
Los vascos, impacientes, se precipitaron, y el plan Ibarretxe quedó en agua de borrajas. Sin embargo, aprendieron a ser pacientes, a no pedir el oro y el moro, y de ese modo, ahí los tenemos, preparando pacientemente el salto. Lo de Cataluña fue distinto, con la particularidad de que no eran dos millones sino ocho. Y fue así como lograron inocular el veneno de un antiespañolismo feroz en las venas de cientos de miles de  niños y adolescentes que hoy braman como Guardiola, irreconocibles como quiera que se les ponga. Sinceramente: ver a esos miles de jóvenes irradiando odio contra España en las calles de Barcelona, Girona, Lleida y Tarragona, produce escalofríos. El lavado de cerebro ha funcionado casi a la perfección –la esperanza es el casi–. Aquellos niños se han hecho mayores, y muchos mayores han muerto: lo que se pretendía ha dado sus frutos y ellos, los menos impacientes, como los de ERC, esperan que los sigan dando. El tradicional sentido común catalán hace tiempo que se fue al garete. Y lo peor es que muchos de estos feroces nacionalistas están convencidos de estar en posesión de la verdad. Exigen sus derechos, especialmente el de la autodeterminación. Lo español es algo viejo, como un harapo, como algo inservible; los bellos, los hermosos, los modernos, el futuro son ellos, como vemos en Rinoceronte de Ionesco. España es un mal sueño, una pesadilla, un mundo cerrado de sables y sacristías. Algo caduco. La única esperanza de seguir juntos es contrarrestar el veneno que desde las aulas y TV3 se imparte a diario a pequeñas dosis; eso o aguantar y aguantar hasta el aburrimiento, como esos matrimonios en trámite de separación, a quienes los jueces obligan a vivir bajo el mismo techo. De todo este estropicio no cabe duda de que la derecha sacará tajada, no lo duden.



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