OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Pradas; 200 años

30/03/2021

Dice el saber popular que unos nacen con estrella mientras que otros salen del útero materno de cabeza y, directos contra el suelo, empiezan a ver estrellas antes incluso de exhalar su primer aliento de vida. Sin duda, aquellos que elucubraron en torno a esta perla reflexiva debieron oír hablar de Santiago Pradas, el añorado y anualmente festejado Maestro Pradas que cada Semana Santa revive al menos en la Pasión de miles de conquenses. Sin conocer la fecha exacta de su nacimiento, ni tampoco la de su fallecimiento, sí que hay indicios certeros para ubicar su vida entre 1777 y 1821. De ahí que sea en este fatídico año cuando conmemoremos el 200 aniversario de su muerte desconociendo tristemente el lugar en el que reposan sus huesos. Fatídico final que no vino, tras poco más de medio siglo de vida, sino a rematar las malas faenas que la vida le jugó y que hicieron de él un infeliz, a pesar de lo que al respecto escribieron algunos tiempo después y sin base alguna. Calificado por Rubio Piqueras como «huraño, taciturno, ogro, misántropo, raro, excéntrico…», Pradas no consiguió ver hechos realidad en vida ninguno de sus sueños. Quiso, por encima de todo, ser organista y todo se alió en su contra para que, cuando por fin lo consiguió, fuese en condiciones lamentables, con un salario ínfimo, interinamente casi siempre y con tal sobrecarga que hoy espantaría a cualquiera. 200 años después de muerto lo único que a ciencia cierta nos queda de él, nadie escucha su música, esa que reposa en los anaqueles del archivo de la catedral conquense. Sin embargo, y para más inri, una vez muerto, el pueblo le atribuyó la paternidad de un Miserere que, en estas fechas y desde hace casi 35 años, al menos anualmente suena asociado a su nombre sin que exista ni una mínima razón que pueda avalar tal autoría. Cuando pienso en él me pregunto qué pensará, si es que dicha capacidad de reflexión reside en los que ya abandonaron este valle de lágrimas, cuando perciba cómo es valorado hoy en la ciudad que le vio nacer, crecer, morir. Pero, y no procede olvidarse de ello, también en la que pasó, durante toda su vida, hambre, calamidades, penurias económicas y sufrimientos diversos, disfrutando de una salud pésima que con poco más de 50 años le llevó a la tumba. Triste final aunque, eso sí, acorde totalmente a la vida que tuvo. Nació rodeado de pobreza y falleció inmerso en el dolor y en las necesidades económicas más acuciantes. Qué pasaría por su cabeza hoy al constatar que su apellido es famoso, que una asociación que aunó voluntades en el último tercio del siglo XX en torno a las internacionalmente conocidas Semanas de Música Religiosa llevó su nombre y que una calle lleva su apellido asociado, no a su nombre, sino a la calificación de maestro —Maestro Pradas— cuando en vida fue tomado por el pito del sereno por los músicos a los que intentó dirigir, estando siempre a la sombra de otro, este sí que verdaderamente grande, el todopoderono Aranaz. Vergüenza ajena; eso es lo que siento sin que me duelan prendas al proclamarla. Al menos su muerte sirvió para que, a pesar de la vida llevada, naciese el mito que empezó a gozar de luz propia y sobrevivir donde antes malvivió. Sirva este recuerdo para reivindicar, a través de él, a cuantos dieron sus vidas por algo sin reconocimiento alguno constatando que sus sueños, lejos de hacerse realidad, sin embargo dieron paso a malditas pesadillas.