OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


¿Peor?

23/02/2021

Acabo de pasar por la puerta del lugar en el que nos vimos por última vez hace aproximadamente 35 años. Ambos éramos entonces profesores del mismo centro y dábamos clase en aulas colindantes, lo que para mí fue un verdadero calvario. Que mis alumnos estuviesen mínimamente concentrados, sin verse alterados por el permanente y portentoso sonido que venía del aula de al lado, era imposible. Él estaba regularmente solo, por no decir casi siempre, y se dedicaba a estudiar y estudiar el repertorio de sus próximos recitales. No sé cómo se arreglaba pero sus alumnos faltaban más a clase de lo que iban. Y si lo hacían, no tardaban en marchar. Nos conocimos unos años antes en otro centro, aquel de mi ciudad, en el que él era docente mientras que yo concluía mis estudios profesionales. A pesar de no haber cruzado palabra alguna en su primer año allí, yo sabía de su existencia. Propio de ciudades pequeñas, él andaba en boca de todo el mundo por su carácter supuestamente arisco, porque era el que mayor reconocimiento profesional tenía en su especialidad o bien por las supuestas inclinaciones sexuales que se le atribuyeron nada más llegar a la ciudad y que él mismo se ocupó de aclarar. Aparentemente amanerado, o quizá simplemente con unos ademanes propios de su origen no castellano, hizo suyo aquello de «por sus hechos le conoceréis» y dejó claras sus tendencias, tiempo después, al dejar embarazada a una adolescente y atractiva alumna que poco tiempo después compartió su vida con él, aunque según recuerdo fugazmente. También dejó huella por los comentarios derivados de ciertas secuelas, estas consecuencia de una impetuosa acción suya, al acudir a Urgencias a fin de que liberasen sus partes, denominadas así por los púdicos del lugar, pilladas con la cremallera del pantalón al subirla supuestamente con bríos incontrolables y sin ropa interior. Desde entonces siento dolor cada vez que lo imagino, al no haber experimentado jamás en mí mismo tan seguramente inolvidable sensación. Con posterioridad compartimos aula como alumnos ambos de enseñanzas superiores, antes de ser compañeros como profesores. Cada semana viajábamos juntos a Madrid llegando a entablar cierta confianza y compartiendo numerosas confidencias. Cierto es que él no era tan singular como lo pintaban, pero desde luego que normal del todo tampoco era. Genio y figura lo dibujaban como a esa simpar persona que un día decidiría marchar de mi ciudad para no volver jamás. Posiblemente a ello contribuyese especialmente, al margen de lo ya recordado, otra experiencia que hoy sería difícilmente imaginable. El caso es que ciertas discrepancias mantenidas entre los miembros de un tribunal de examen salieron irresponsablemente fuera del mismo. Así, uno de los profesores integrantes del mismo marujoneó a la madre de una examinada que su hija había suspendido por la insistencia mostrada, para que así fuese, por parte del ex compañero hoy recordado. El caso es que la señora en cuestión lo esperó en un recibidor y, tras cruzar dos palabras con él, le propinó un bofetón que encontró su eco en el que él le devolvió, quizá con intereses. El asunto se juzgó y él ganó argumentando, según contaban las crónicas, defensa propia o algo parecido. ¿Hoy? ¡Calabozo… y luego ya veremos! Tras recordarlo al pasar por aquel caserón que un día nos unió, al no saber nada de él lo he buscado en internet y un par de simples alusiones ha sido lo único encontrado. He sentido pena y añoranza, aunque podría haber sido peor.