TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Tres poetas conquenses para mi lustre

26/05/2020

El arte es el último bastión contra la globalización de la aldea y lo «políticamente correcto» decía mi amigo Miguel Ángel de Isidro (Goliardo). Ahora diría otras cosas, con ese arte que le caracterizaba, que seguramente serían menos correctas e igualmente acicaladas. La vida nunca fue nuestra, es prestada, por eso nos la arrebata el tiempo. El artista hace de su vida eterna primavera, y de su tiempo a veces un infierno. Sus imitadores, como yo, intentamos crear, y queremos lanzar al mundo una hoja que hemos dejado caer en el tiempo de descuento. Con delicia escribió A. Uceta: No quiero ser fiscal en esa causa / en que se enjuicia a Dios todos los días. / Sólo seré testigo de este drama / bellísimo y cruel que nos habita. / Mi palabra, lo mismo que una hoja / desprendida del tronco para el vuelo, / repetirá la historia de los siglos / sin temor a que nadie la cobije. Seremos esa hoja del periódico que casi nadie leyó, o ese hermoso dibujo que se traspapeló; partitura que para uno solo nació.
  Yo practico el arte del escapismo cuando me interno en el bosque, y así evito fatales encuentros con quienes nos contaminan con su verbo. Al menor ruido se espanta el gamo, y la perdiz con sus perdigones huye por la cuesta junto al camino. Arte es la construcción de panales que observo en mis colmenas. Belleza es la danza de las abejas, sus vuelos y zumbidos. Pura emoción el color del polen, la policromía de las flores ofreciendo su néctar. Blanco aljófar la cría nesciente que las afanosas obreras miman cada día. No en vano mueven alegremente los árboles sus verdes copas. Todo es necesario para la construcción de la más maravillosa obra de arte que existe. Necesario es el aire que me trae el aroma de los tomillos, romeros, y un sinfín de flores; la sagrada delicia de una fragancia que ningún perfumista sería capaz de imitar. Al céfiro cantan los pájaros á porfía delicadas melodías (a veces estridencias que evidencian los contrastes), para atraer a su enamorada pajarita, para con sus notas contribuir a que el arte del creador se manifieste en diverso modo. En abril las avecillas adornan con sus trinos el áureo cielo que a toda criatura cobija. Las flores junto al atajo por el que me entrometo esperando encontrar la Arcadia festejan con ritual color abriendo sus hermosos estigmas cual si de una herida sagrada se tratara, esperando dar nueva vida en una semilla de esperanza germinada. Y en un nuevo año nos volverán a deleitar cuando adornen otra vez nuestro caminar. Y el agua del rio, del arroyo, de la fuente y la lluvia, ¿no son acaso melodías que hemos echado de menos estos días? Yo quiero ser poeta, ¿hay algo mejor que «ser en la vida romero?». 
   El miedo a los ladrones del tiempo me procura el destierro y la soledad necesaria para adeliñar nuevamente las ideas poéticas a las que me someto cuando estoy en crisis, para que me juzguen y dicten esas sentencias que no siempre acato. En peregrino caminar busco la esencia de lo bello, aliñar mi ideario, ordenar el universo de mi existencia que de otro modo sería caótico (demasiado ruido externo), y para ello me desplazo sin pretensiones en medio del augusto silencio de la selva, la parte más salvaje de lo que aquí llamamos monte. Yo quiero gozar de la sorpresa del descubrimiento al que soy invitado en esa exhibición artística inimitable que la naturaleza me ofrece. A veces, de repente, la tristeza de mi cara se troca en una expresión de gozo, en la alegría que provoca esa confusión de emociones, tras las cuales sentimos que ya podemos volver a la lucha por la supervivencia en ese medio hostil que es la sociedad de consumo; la sociedad artificial y nada humana en la que parece que quien no es suficientemente poderoso, o tiene suficientes posesiones materiales (que siempre le parecen ser insuficientes), no puede ser feliz. Dichoso soy cuando emulando a fray Luis de León hago mío su canto y digo, ¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido, / y sigue la escondida / senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido. Tanto nos enseñó este enamorado paisano de Belmonte, que me con él me quiero volver a evaporar. ¡Oh monte, oh fuente, oh río! / ¡Oh secreto seguro, deleitoso!