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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


La delgada línea roja

10/09/2021

El mes de septiembre siempre ha sido un mes insulso en lo que se refiere a lo estadístico. No encaja bien con el verano y precede al último trimestre del año; momento crucial para muchas empresas. Podríamos dedicar tiempo a estudiar las previsiones de crecimiento, las cuales nunca sabes si son fruto de un poderío intelectual analítico o un ejercicio de equilibrismo político para obtener una conclusión.

Lo más probable es que ninguna proyección económica se vaya a cumplir en Occidente. No es cuestión de pesimismo, sino que la prudencia dicta que ante un escenario desconocido todo lo que puede ir mal es previsible que acabe sucediendo. Los gobernantes, independientemente de la nación, se preparan para el mejor resultado posible, porque sino se verían obligados a tomar medidas indeseables (electoralmente dañinas) y supondría reconocer los límites del poder propio.

Es en el ámbito laboral donde lo más visible de Occidente es el fracaso de la política del titular. Básicamente, en los últimos cuarenta años el poder adquisitivo de los salarios se ha congelado y para los menos formados se ha reducido; mientras que la retribución de la élite ejecutiva ha disfrutado de un crecimiento inmoral. No nos equivoquemos, los directivos que no los propietarios y en concreto, en las multinacionales. Los directivos de las pequeñas y medianas empresas no han percibido ese injusto beneficio, sino que sufren a mayores una hostilidad creciente de los trabajadores en un entorno donde su mercado se contrae.

Para acabar con esta injusticia hay que impulsar ciertos cambios. Es fundamental impedir la concentración empresarial y la formación de oligopolios, ya que traslada el poder a muy pocos actores. En ciertos sectores o territorios las opciones laborales pueden ser nulas.

Hay que prohibir la recompra de acciones mediante deuda en las empresas y considerar como gasto efectivo la retribución a los ejecutivos, independientemente del modelo que se use. Con estas simples medidas, se evitarían la mayoría de los excesos.

Dejar de intervenir en el mercado laboral, con regulaciones que distorsionan las decisiones de los emprendedores también ayudaría. La pequeña y mediana empresa tiene que crear empleo, no solucionar las injusticias del mundo. Esos costes asfixian al pequeño, mientras que el grande lo tiene amortizado.

Por último, tenemos que desterrar ese desprecio al propietario y proteger la diversidad empresarial. Cuantas más empresas hay, más riqueza para los trabajadores porque aumentan sus opciones laborales. El mercado de la vivienda sufre las mismas ineficiencias.