EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


'Cosas del Señor

Hace veinte años escribí una novela gruesa y disparatada con ese nombre, cuya acción sucede en la Alcarria de Guadalajara durante la baja Edad Media en el momento en que entra en España la epidemia de peste traída de Oriente. Estamos en 1350 reinando Alfonso XI y nuestros personajes son los aldeanos y peregrinos de las orillas del Ungría del Matayeguas y del Badiel.
El hombre está sometido a fuerzas que no comprende ni controla y que antiguamente atribuía al poder divino ante el que sólo cabía la conformidad: «Son cosas que el Señor permite» y que abreviadamente forman el título de este libro: Cosas del Señor.
Mi propósito era averiguar y describir el mundo de entonces y cómo los hombres se preguntaban por sí mismos y lo que les rodeaba, y reaccionaban mostrando más su resignación que su rebeldía. Pero esta novela no es la biografía de un héroe, sino la de las pequeñas gentes que no deciden la historia sino que la padecen. Confieso, que en esta novela todo resulta excesivo, empezando por los protagonistas que son 233 criaturas que se mueven simultáneamente formando un gran retablo.
La ambientación ha sido posible por haber convivido con esa cercana Edad Media que ha permanecido viva hasta hace poco años en el medio rural. Por sus creencias, por sus hábitos sociales y por su vida esforzada y austera. Y, especialmente por su lenguaje lleno de precisión, pues para el campesino no hay generalidades como chisme, pájaro o árbol, sino zoqueta, vencejo o carrasca. Este lenguaje ofrece también un placer estético sobre el que dijo Francisco Umbral en el acto de presentación de la novela: «Leyendo tu libro hay tantas palabras que me han fascinado por el sonido que no me molestaré nunca en averiguar el sentido».
La novela histórica parte de una realidad bien documentada sobre la que elaborar una creación literaria, que yo resumo con la consigna de «usar mimbres reales para tejer un cesto imaginario». El resultado ha de ser conmovedor, pues la literatura tiene, sobre las ciencias sociales, la ventaja de ofrecer un conjunto armonioso de ideas y pasiones.
En mi trabajo de investigación he encontrado patrañas y portentos -como las yeguas a quienes fecunda el viento- y hechos reales que parecen inverosímiles -como un molinero que, en el XIV, sana las fiebres mediante un antibiótico-. Este mundo lejano de prodigios tiene la virtud de sacarnos de la inmediatez utilitaria del presente y llevarnos a ese mundo misterioso que encierra nuestros ensueños, esos lugares imaginarios que son —según Leibnitz— «mundos posibles faltos de actualización».
Confesaré que este libro debe leerse sin prisas pues no hay prosa inerte, por lo que es recomendable para jubilados, convalecientes, penados, parlamentarios y viajeros en alta mar. Y que releerlo es lícito y hasta saludable, porque ¿acaso puede rehusar alguien volver a escuchar Yesterday o My way por aquello de tenerlos ya oídos una vez?