DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Valverde en derredor

10/07/2020

Hace tres años que José María Alonso Gordo fue retratado en las páginas de La Tribuna de Guadalajara. Es un médico de Valverde de los Arroyos jubilado, aunque a los profesionales de la medicina les pasa un poco como a los toreros: nunca se jubilan del todo. Santiago Martín El Viti jamás va a ser el ex diestro de Vitigudino. Ni siquiera 40 años después de su retirada de los ruedos. Con los médicos ocurre lo mismo: no hay ex que valga. Sin consulta activa, José María es y va a seguir siendo médico de familia, figura no siempre reconocida, especialmente por los que gestionan la Sanidad. Ha dedicado toda su vida a la Atención Primaria y no está de más que, en tiempos de pandemia, se destaque como merece el primer gran escudo contra cualquier enfermedad.
José María es Valverde y quizá Valverde de los Arroyos no se entienda, en gran parte, sin José María. Para ir a uno de los pueblos más bonitos de España no hay que buscar excusa alguna; para visitar cualquier pueblo de la ruta de la Arquitectura Negra, tampoco. Aun así, esta vez la justificación innecesaria es este médico. Porque no hay nada más enriquecedor que recorrer una ciudad o un pueblo con alguien que conoce el territorio desde niño, que lo ama y lo comparte como si fuera algo salido de sus propias entrañas.
Desde hace años, José María ha mantenido vivo el sueño de recorrer su pueblo a través de las montañas que lo rodean. Siempre ha querido hacerse un Valverde 360 grados, una gran ruta circular a través de las siete grandes colinas, que en realidad son catorce. El padre Ocejón manda sobre el resto, pero hasta que llegas a la cima desde donde se divisa gran parte de la provincia es necesario superar otras cumbres que no son cosa menor. Lo cuentan bien los chicos de la web Senderismo Guadalajara, una página imprescindible para andarines y caminantes. Primero, las Piquerinas, donde hay que subir sin camino definido entre el gayubar y un final rocoso que a más de uno le hace dudar. Son 1.758 metros, un prólogo muy claro de lo que va a venir a partir de entonces. Después será el turno del Cerro del Campo, que a su despedida nos asomará al Valle del Sonsaz. Del Campachuelo se desciende a la majada del Roble, donde cruza el camino de Majaelrayo a Valverde y, otra vez, vuelta a subir, sin respiro aparente. La aventura es propia del paisaje que acompaña porque no hay recorrido reconocible. Entre peñas y pizarra coronamos el Ocejoncillo. Para todo hay una primera vez, también para esta cumbre que permite acariciar con los dedos los embalses de El Vado y Beleña, que dan de beber a Guadalajara y gran parte de Madrid. Ya en la cima señera de la provincia, que no la más alta, hay que cumplir el ritual: visitar el vértice geodésico, el majano del Belén y la cueva de la solana. A partir de ahí, viene lo más duro. La bajada del Ocejón entre un mar de pizarras, muchas con cresta y puntiagudas, metidas en un terreno abrupto con gran dificultad. Después vendrá Peña Mala y su señorial silueta que se divisa en toda su dimensión desde la carretera a la salida de Almiruete. Todavía habrá que recorrer un buen trecho entre canchales de roca y brezos hasta localizar la pista que descenderá hasta el merendero de Valverde y que se asoma al arroyo de la Chorrera. Prueba superada.
Cuenta la leyenda que más de un amigo de José María ha perdido las uñas en alguna de sus rutas. De momento, el doctor no ha de ampliar esa lista. Y han pasado ya cinco días.