EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Negros

20/06/2020

«Es muy duro ser negro. Yo fui negro una vez, cuando era pobre». Esta frase de Larry Holmes, que fue campeón mundial de los pesos pesados en 1981 después de derrotar a Cassius Clay en Las Vegas, bastaría para armar esta columna. No se puede decir más con menos.
Un hombre de piel oscura que sea famoso y millonario, como LeBron James, una de las grandes estrellas de la NBA, no tiene otro color que el del dinero y es bien recibido en todas partes. Si, por el contrario, es pobre y marginado, se hace pariente de la delincuencia y se le llama nigger o nigga cuyo equivalente en español sería ‘negrata’ o ‘negrazo’. Por otra parte, cuando para ser políticamente correctos hablamos de persona ‘de color’ o ‘moreno’ estamos delatando la carga negativa de la palabra ‘negro’ que habría de usarse con naturalidad. No hace falta decir que el desajuste social de la etnia no menoscaba el nivel intelectual y moral de la persona.
La muerte de George Floyd a manos de la policía ha hecho actual el latente y universal problema del racismo, que es un nacionalismo étnico mezclado con otras singularidades que son la religión, la cultura o la economía, siendo esta última el más hondo determinante.
En los Estados Unidos de América la sociedad esclavista se establece en Virginia desde 1705 «para pueblos no cristianos». Abolida la esclavitud ha quedado la segregación como trato social que, aunque respeta los derechos constitucionales de los negros como los de cualquier ciudadano, los aísla como separate but equal y reciben un trato discriminatorio.
A consecuencia de estas trabas, la tasa de desempleo es el doble entre la población negra, la mortalidad infantil más alta, sus familias ganan poco más que la mitad de lo que ingresan las blancas, en términos de patrimonio los hogares blancos son por lo menos 10 veces más ricos que los negros. En una población cuyo 60% son blancos, 18% hispanos y un 13% negros, los reclusos en 2018 eran en un 33% negros y en un 30% blancos. También, y dentro de esa proporción poblacional, el 24% de los muertos a manos de la policía fueron negros.
Estas estructuras se asientan en la mentalidad tradicional de muchas personas, formada a partir de las nociones racistas de que los negros y los latinos, por perezosos, violentos y depredadores, no son gentes de fiar. La misma tradición que entre nosotros hace vagos a los moros y tramposos a los gitanos. Hay un circuito siniestro que se realimenta entre la pobreza y la delincuencia porque una cosa lleva a la otra en ambos sentidos.
Vino el coronavirus y a primeros de abril en la ciudad de Chicago los negros, que eran el 30% de la población, suponían ya el 52% de los contagios y siete de cada 10 fallecidos.
George Floyd, parado, infectado, negro y ebrio, era un candidato natural a ser detenido. Y a la poli se le fue la mano, como ahora a los que financian la protesta y el caos en todo el mundo para subvertir el orden mundial a favor de sus intereses. Pero estos tienen la piel clara y aparentemente limpia.