NUEVO SURCO

Javier López


"Metidos en una botella (y VII)" la columna semanal de @nuevosurco

06/05/2020

Y de repente las calles comienzan a repoblarse de personas que llevaban demasiado tiempo viendo el mundo desde sus ventanas y balcones. A veces se ven en los paseos aquellos ochenteros chándal, tan vintage, que han sido despertados de su largo sueño en el rincón más recóndito del armario, como si ahora, tras el prolongado encierro, todo el mundo se fuera a convertir en avezados seres deportivos, en forma, en marcha, sin un gramo de más, una vez, claro, que se eliminen los kilos acumulados en el confinamiento, y para conseguirlo el chándal vintage tendría que dar varias vueltas de campana. Veremos, la cuesta será dura. Los gabinetes de psicólogos y psiquiatras tienen cola y el “síndrome de la cabaña” es una de las razones prioritarias. Muchos no quieren salir, no quieren afrontar la vuelta, da pereza la “nueva normalidad”. No es para menos, el panorama es muy poco estimulante y en la botella estamos, aunque cansados y aburridos, en nuestro pequeño mundo, sin interferencias indeseables.

Ya asoman la patita las dos crisis que se vislumbraban cuando nos metimos en la botella: la política y la económica. De la segunda no hay lugar a dudas, y ya estamos en ella. Las cifras del paro aterran. En unos meses conseguiremos ver las dimensiones del socavón y cómo podremos ir saliendo, porque la salida es la cara positiva de una moneda cuyo reverso oscuro e indeseable sería una derrota histórica que nos condenaría a andar bajo mínimos durante varias generaciones, desandar el camino de libertad y prosperidad que comenzó a trazar esa generación tan fuertemente golpeada por la pandemia.

Las personas son lo fundamental en este drama, y por eso causa tanto estupor el ruido político, el circo del hemiciclo, una puta vergüenza que prescinde del dolor por más de veinticinco mil muertes. Ruido, destrucción, distorsión. No quiero escribir demasiado de política de momento. Tiempo habrá de juzgar y valorar. Solamente un apunte: lo escandaloso no es el resultado de este miércoles en el Pleno del Congreso. Podríamos tener la prorroga del estado de alarma cogida con alfileres, pero lo más importante no es como se solvente el marco legal para las próximas semanas; lo más importante es el modo en qué hemos llegado a este punto: sin esbozar siquiera los mimbres de un Pacto de Estado, con un presidente del Gobierno amotinado, sin empatía, que no sabe abrir espacios ni tender puentes, al que se le pasan semanas sin llamar a los del a oposición, sin llamar también a sindicatos y empresarios; que pasa de lo que opinen las comunidades autónomas, salvo que sean de las que depende su acomodo en la Moncloa. Y una oposición incapaz del patriotismo más elemental haciendo siempre leña a cualquier precio, a cualquier hora, con furor, todo el rato y sin medida. Una puta vergüenza. En Castilla-La Mancha, el PP amenazando con reprobaciones a García-Page solamente para marcar un poco de perfil político de cara a la galería y a la calle Génova. No nos merecemos esto: los que llevamos casi dos meses metidos en nuestra botella, pero sobre todo los que están luchando en la primera línea partiéndose el alma por nosotros, por nuestra patria. Me quedo con un puñado de alcaldes y alcaldesas, al frente de ayuntamientos, que han gestionado con solvencia las necesidades perentorias de sus vecinos. Una vez más lo más cercano, el núcleo primario de lo municipal, vuelve a ser la tabla de salvación en medio de tanto politiqueo barato y obsceno.

Iremos saliendo a la calle en los próximos días. La vida en nuestra botella quedará como un paréntesis histórico. Iremos reincorporándonos y comprobando los daños y las consecuencias. Sabemos con lo que contamos. Nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, algún que otro político medianamente decente, una tropa de triunfitos de la política dispuestos a sustentar su carrera sobre la imagen diaria más chula para el Instagram, y una manada de piratas queriendo dar una nueva vuelta de tuerca sobre la precariedad reinante aprovechando, como siempre, que el Pisuerga pasa por Valladolid. Al principio estaremos deslumbrados, luego iremos pisando terreno, será todo como caminar en un inmenso naufragio aunque encontraremos en la orilla un montón de botellas que han ido llegando allí, como la nuestra, cada una con su mensaje. Así serán los próximos días, saliendo de la botella en espera de la inquietante “nueva normalidad” que no es más que una forma un tanto extraña de definir un desastre de dimensiones históricas.



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