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Indígenas autóctonos

Antonio Pérez Henares
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En la Cumbre del Clima, el indigenismo  fue uno de los toques añadidos a la pasarela mediática en la que se visualizó el evento. Tuvieron prevalencia los hispanoamericanos y la superstar adolescente sueca hasta se dignó a compartir con ellos un encuentro para mayor gloria de la televisiones donde, claro, no podía faltar el juicio al pasado que se descargó sobre las costillas españolas. Cosa curiosa ya que en la América hispana es donde sigue habiendo mayorías étnicas indígenas (hasta del 80%) y mestizas mientras que los  grandes acusadores, pongamos que hablo de los norteamericanos anglófilos, en sus territorios no dejaron a uno vivo o , como mucho, a  tres a los que tienen reducidos a reservas. Pero éste es otro cuento. Estamos con lo del clima y a los que trajeron era para que dieran lecciones de sostenibilidad y respeto al medio ambiente. Muy bien me parece.
Ya me parece bastante menos que entre los que más aparecían por el conclave  resultaban en la mayoría de los casos ser ciertos personajes, desde luego vestidos para la ocasión con trajes muy ancestrales, que tienen que ver muy poco con sus  parajes presuntamente originarios y que varios de ellos resultaban llevar décadas radicados en  nuestra patria y no precisamente cultivando tierra, sino más bien recolectando subvenciones. Fue el caso del que más salió por las teles dándole la charla y la brasa al alcalde madrileño, Almeida, supongo que porque su Gobierno municipal no le esté regando suficientemente su huerto asociativo.  Pero bueno, indigenismo e indigenistas hubo y se lucieron mucho como grandes referentes  positivos de los climáticos.  Pero ¿y los autóctonos? .  ¿Dónde estaban nuestros propios indígenas españoles? Los rurales, claro. Los que viven en y de los campos, digo. Porque de los otros los había a puñados.
Porque, esa es otra, los climáticos son, ante todo, urbanos, pero que muy urbanos, y aún más asfálticos. Gentes de ciudad, edificios muy altos, despachos, pantallas, gráficos, tecnologías avanzadas, aires acondicionados, electrodomésticos múltiples, utensilios mecánicos y vehículos variados. De campo, de tierra, de vivir en ella, cultivarla y vivir en ella y cuidar el territorio a pie de a pie de surco o linde de bosque, por allí casi no aparecía ninguno. Y si lo hicieron, que sí lo hicieron –la Alianza Rural, por ejemplo-se les hizo el caso que suele hacérseles habitualmente. O por el cero con tendencia al -1.
Los indígenas españoles y diría que aplicable a los del conjunto de países europeos y occidentales, que son los cuidadores de esa tierra que dicen querer cuidar y salvar los climáticos, y que no están precisamente a la cabeza de los contaminantes, en comparación con los asfálticos e industralensis desde luego poco, han sido una vez más los ignorados. A los que no se les echa cuentas, ni se les pide opinión y, si la dan, para nada se tiene en cuenta, excepto si hay que soltarles  alguna bofetada, que de esa se llevan bastantes, hasta por los pedos de las vacas, y se sorprenderían ustedes de los controles a los que se ven obligados, que no digo que estén mal y no sean necesarios, solo que son tales que se puede antes en ocasiones levantar una urbanización que hacer una limpieza forestal o tener una docena de gallinas en un arreñal  a las afueras del pueblo.
Supongo que para que les escuchen tal vez para la próxima debieran de disfrazarse de indígenas-indigenistas, ponerse boinas y almadreñas y entrar por la próxima pasarela tocando zampoñas y dulzainas. Vamos, como el que le daba la brasa a Almeida. Pero mejor que no lo hagan, que no lo harán, porque son gente que la dignidad aún la preservan y no les van mucho ni los tocados de plumas ni las farfollas televisadas. Y, en estos tiempos, que mayormente son de eso, bien no les va por ello. Ya saben, son los vacíos, los de la España Vaciada, que por mucho que lo intento no deja de parecerme cada vez más insulto paternalista de los hinchados que se han inventado el término.