LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Alien

20/05/2020

Comentaba un periodista norteamericano en su artículo sobre la contradicción que supone que Puerto Rico aspire a ser un país más rico que Estados Unidos apoyándose en el turismo yanqui. La industria turística vive del ahorro que otros han generado para gastárselo a gusto en vacaciones. Fue tan contundente el texto que me quedó claro que la clave de la prosperidad es el trabajo, la productividad, el talento y la iniciativa privada.

En otros lares, piensan que el bienestar se genera con una distribución generosa de la riqueza, fuertes subsidios y un estímulo permanente al consumo, incluso a costa del endeudamiento privado o público. Para darle un toque elevado se adorna con la noción que impulsa la demanda agregada y te miran con la arrogancia del que no sabe ni lo que ignora. Ante dicho palabro cualquiera se queda intimidado con esa demostración de conocimiento.

Todo ese ruido nos distrae del verdadero análisis. Hay países ricos, algunas de estas naciones son prósperas y en la inmensa mayoría de ellas, los pobres tienen unas razonables expectativas vitales; otra cosa distinta es su percepción personal. También hay muchos países pobres, con una patética distribución de la escasa riqueza y con una élite inmensamente rica. La historia nos ha demostrado que la raza tiene poca importancia en la ecuación y que son más importantes las instituciones, el respeto a la ley y por supuesto, la libertad. Sin este vital activo, cualquier sociedad será pobre o pasará a dicho estatus en un tiempo muy corto. Curiosamente, la corrupción y el amiguismo florecen en ese entorno de efervescencia burocrática.

La pandemia ha permitido a los gobiernos abusar de una libertad de acción desconocida, arrebatándosela a sus legítimos propietarios, los ciudadanos. La clase política se siente cómoda tomando decisiones por un pretendido bien superior, la vida o la salud colectiva. La perversa lógica y su diabólica dinámica lleva a unos daños infinitamente peores que los que pretende evitar. Todo individuo que prefiere la seguridad a la libertad es esclavo de sus deseos y se transforma en súbdito.

Hay que ser ingenuo si se piensa que la pobreza es fruto de la geografía y no de la política que se ejercita. La crisis del 2009 nos demostró brutalmente que el deudor sufre las imposiciones del acreedor. Imagínense que ocurrirá si impedimos a la gente generar riqueza. Los comunistas soviéticos ya nos enseñaron el resultado.