DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


¡Oh capitán, mi capitán!

La criatura empezó a andar un 30 de noviembre de 1837. Del repaso a lo que también ocurrió aquel año, sólo me ha quedado el suicidio de Larra, escritor que hoy estaría aterrado porque su Vuelva usted mañana ha tornado en vuelve -sin la elegancia del ustedear- en una semana, en un mes o dentro de un año, si es que se trata de una operación quirúrgica del SESCAM. A Larra me aproximé en aquel lugar que este sábado cumple 182 años. Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza. El libro tenía la pasta negra y era de una edición de Cátedra. Por cierto, al que se lo dejé en su día jamás me lo devolvió. Tampoco importa mucho, porque hay elementos que trascienden a los propios libros, incluso a aquellas obras más rotundas. Los responsables de que surja la magia más allá de los textos son ese selecto grupo de profesores que sin olvidarse de enseñar las materias recogidas en los estrictos programas educativos quieren volar lejos, por si algún alumno tiene a bien acompañarles en el viaje. Esto último encierra no poca autocrítica. De mi paso por aquella institución -que está a punto de cumplir dos siglos-, han trascurrido más de 20 años y siempre he tenido la sensación de no haberla aprovechado todo lo que debía. 
En la criatura casi bicentenaria tuve la suerte de encontrarme a dos de esos profesores únicos, excelsos, capaces de despertar el interés por la literatura y el periodismo a un adolescente rebelde que creía saberlo todo sin tener ni repajolera idea de lo que era la vida misma. En ese pedestal inamovible de mi memoria se sitúan Félix García Matarranz y Juan Francisco Arrazola Sanz. Félix tiene que ser ahora un sabio adorable porque yo ya le recuerdo mayor cuando nos dio clase. No le he vuelto a ver y su bonhomía me asalta al recordar a Larra o cada vez que voy a Soria y recorro todos los rincones machadianos que nos enseñó durante la excursión en una fría mañana de primavera:  Al olmo viejo, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido,/ con las lluvias de abril y el sol de mayo/ algunas hojas verdes le han salido. Allí, lo recitamos, al pie del monumento al olmo de Machado. Con Juan Arrazola todo fue diferente al resto. ¡Oh capitán, mi capitán! Porque Juan, como el John Keating de El Club de los Poetas Muertos, siempre ha sido un profesor de literatura sin ataduras. De Larra a Neruda, o de San Juan de la Cruz -¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?- a la famosa escena del sofá de Don Juan Tenorio. Todo esto recitado, ante el resto de la clase. 
Fuimos muchos los que tuvimos la suerte de acudir a las clases de Félix y de Juan en las aulas del instituto más antiguo de Castilla-La Mancha, el Brianda de Mendoza de Guadalajara, donde este jueves han entregado varios galardones a antiguos alumnos. «No me lo merezco, pero lo trinco», que decía Di Stéfano. Con un profundo agradecimiento, escribo estas letras en el Día del Maestro, en recuerdo de San José de Calasanz, firme defensor de la enseñanza gratuita universal. Este aragonés estaría orgulloso de los dos maestros de Literatura, de las profesoras que consiguieron abrirnos las puertas del Latín -Rosario Díaz Matarranz y María Jesús Tejero-, también del inolvidable profesor de Griego, Manolo Pérez, y de ese gran matemático que fue Juan Pérez Mora, capaz de hacer entender las Matemáticas a los más duros de mollera con los números. El Brianda cumple 182 años y la lista sería interminable. A los que están y a los que un día marcharon: ¡Felicidades!

PD: Para los que no lo sepan, desde el Brianda de Mendoza emite Radio Arrebato, una emisora que nació dentro del espíritu libre de este instituto. Tiene más de 30 años y allí empezó algún que otro periodista.