COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Pedro Sánchez, presidente

La votación de investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno transcurrió sin sorpresas como es propio de un país democrático en el que los partidos han manifestado de forma previa un acuerdo sobre el sentido de su votación. Los llamamientos a la valentía, al transfuguismo, a un tamayazo no tuvieron éxito. Hubiera sido un fraude a sus electores de las mismas características, según los tres partidos de la derecha, que el que habría cometido Sánchez por haber mentido a sus votantes, al pactar y apoyarse en aquellos que dijo que jamás lo haría. Se daba paso así al primer Gobierno de coalición desde la II República, formado entre dos partidos de izquierdas, un Ejecutivo progresista que despierta tantas esperanzas en una parte de la población como inquietudes provoca en otra.

Será un Gobierno de coalición bien distinto a lo que se suelen darse en otros países porque no cuenta con la mayoría absoluta que le respalde en sus proyectos, y le resultará muy difícil encontrar acuerdos transversales con el PP y Ciudadanos, más dispuestos a una oposición frontal que a un entendimiento, porque saben que el propio Gobierno no va a tener fácil convencer incluso a sus supuestos socios en todo aquello que no convenga a sus intereses. La intervención de la portavoz de ERC para la ocasión, Montserrat Bassa, - “Me importa un comino la gobernabilidad de España”- dio la medida de lo que se puede esperar de los independentistas catalanes, de su predilección por humillar al presidente del Gobierno y a su bancada. La sesión definitiva de la investidura tuvo el mismo carácter bronco que la precedente del pasado fin de semana, sin concesiones, con advertencias de los males por venir, con declaraciones catastrofistas y sobre la ilegitimidad del Gobierno por parte de la derecha, mientras que Sánchez pedía acabar con el clima tóxico visto en estos días.  

En poco tiempo se podrá ver si Pedro Sánchez -el presidente elegido con el menor número de votos a su favor-, preside un Gobierno de cooperación, aquella palabra con la que quería definir un hipotético gobierno con Unidas Podemos, en el que los dos socios van al unísono, o si se trata de un gobierno con dos almas. Pablo Iglesias ha ido ya desgranando sus ministros a lo que se une que cada Ministerio será un compartimento estanco sin que haya altos cargos de un partido en los departamentos dirigidos por otro.

Ante esta tesitura la cuestión es si el gobierno de coalición sin mayoría será capaz de resistir durante toda la legislatura, o la ciudadanía se verá abocado a unas nuevas elecciones en el plazo de un año. Tras el suspense de la investidura, el Gobierno debe pasar su primera prueba, la aprobación de los presupuestos generales para este año, lo que le daría margen para mantener con vida la legislatura. De ahí las prisas de ERC por amarrar las primeras reuniones cuanto antes, no pase que Pedro Sánchez cambie de opinión una vez más.

Los partidos de la derecha, en esta sesión de la investidura, han realizado una defensa a ultranza de la Constitución y de la Corona como si Pedro Sánchez fuera a ser su Terminator al frente del gobierno Frankenstein porque a su juicio no las ha defendido con convicción. Sin embargo, no debieran echar en saco roto la advertencia de Iglesias, cuando les recomienda que si quieren defender la Monarquía, “eviten que la Monarquía se identifique con ustedes”.



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