TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


En vida de Antonio Herrero

Llegan tarde, pero llegan, mis letras recordando a Antonio Herrero, el único locutor de radio que me ha hecho madrugar para sentirme despierto. «Su voz en las mañanas era la voz del trueno, un continuo sobresalto»... que decía Buruaga. Y diga lo que diga Woody Allen, la radio sirve para algo más que para despertar a la gente. Siempre recuerdo que fue su compañía la que me alentaba a llegar a la oficina una hora antes, e incluso más. El jefe creía que era porque era muy trabajador, y trabajo hacía, pero era Antonio quien en Madrid en las mañanas me acompañaba en el coche camino del curro; y no me hacía sentirme sólo en Albacete en la oficina en la que supe de su fallecimiento. Su muerte haciendo submarinismo me costó creerla, llegue a pensar que no fue un accidente, pues era alguien muy molesto para algunos políticos, y para otros sinvergüenzas. Tengo en mis manos dos libros que ahora me acompañan, uno de sus amigo Luis Herrero, En vida de Antonio Herrero, 2008. En los libros, a pesar de haber pasado veinte años, noto su cercanía y el porque me atraía su voz, y he visto muchas cosas que hacen que me identifique, como cuando le preguntan: «¿Es Antonio Herrero de derechas? y él, elocuente: Si por ser de derechas se entiende denunciar los abusos del poder y la corrupción, ser plural, dar opinión a todo el mundo y favorecer que haya igualdad de oportunidades… Yo me considero liberal. Que cada uno me ponga el apellido que quiera». Y algo parecido le he dicho yo esta mañana a alguien que por criticar a un político que venía a inaugurar unas obras a osado decirme que yo era de una determinada ideología, y vaya si la tengo, puedo votar libremente, y si no estuviera tan corrupta la palabra liberal hasta me consideraría liberal. Antonio Herrero murió en mayo del 98. Un siglo antes perdimos Filipinas, también en mayo, en batalla con los americanos. Pero hablemos de otra catástrofe, si quieren de otro libro póstumo que va firmado por Matías Antolín, A micrófono cerrado, 2004. Como no coincidir con alguien que pensaba que pensaba que todas las televisiones «nos ofrecen un menú único con camareros idénticos. Tanta similitud te hace huir a distancia con el mando en el bolsillo. Dejó dicho Federico Fellini que la televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural».  Y dijo más, hablando de esas empresas que hacen tele, más o menos subvencionadas, que «el empresario suele ser un señor que nos presta un paraguas cuando hace sol y nos lo quita cuando empieza a llover. Todo se puede comprar con dinero… y lo que no… ¡con mucho dinero! (lo dijo Aristóteles… Aristóteles Onassis, claro)».
De él han dicho de todo, y pondré muestras sin decir quien, porque están todos, aunque no pensaran como él. Trabajar era su gimnasia diaria, natural, su divertimento. No se casaba con nadie. Lanzaba dardos a diestro y siniestro. Le tenían unos miedo, otros respeto, y otros lo despreciaban. Pero para ser grande no se puede pasar inadvertido. Generaba por igual fobias y lealtades inquebrantables y jamás dejaba indiferentes a los oyentes.
Al acabar la Guerra Civil comenzó a sonar la radio, y acabado el tiroteo en Madrid un sombrerero pagó un anuncio que decía que «los rojos no usaban sombrero» y se pusieron sombrero hasta los taxistas. Fue Antonio Gala quien al enterarse de su muerte en los postres de una cena en Viena contaba: «Se hizo un charco de silencio sobre la mesa. El destino de mirada fija, el monstruo de ojos verdes más aún que los celos, se detuvo delante de cada uno de nosotros y nos paralizó. Yo respiraba hondo. En vano. Tuve que levantarme, ir a los servicios y vomitar la cena. Fue el más inmediato de los homenajes. Reconozco también que el menos limpio». Él no media. Arrollaba con la decisión de los sin miedo. Se citaba con los peligros sin botiquín de urgencias. Se pasaba de impulso. Era el mismo. Acertando y errando. Se atrevía. ¿Se puede decir más en un mundo donde se miden hasta los pestañeos para caer bien al dueño de cualquier cosa? No. Fue un periodista irrepetible. El día de su muerte muchos lloraron y algunos por fin respiraron. Su voz en la pascua de hace muchos años se quedaría para siempre en su mar.



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