TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Un juego

Un lector y amigo, antes amigo que lector, me invita al menos una vez al mes a distinguir entre «deportes» y «juegos». La diferencia no es tan sutil: juego es todo aquello en que interviene una pelota o un balón y no solo el cuerpo del deportista. De hecho, la palabra jugador tiene connotaciones diferentes a la palabra 'deportista': entran en juego factores como la habilidad, tal vez la puntería, la capacidad de desarbolar al adversario... más allá del «más alto, más rápido, más fuerte» de Coubertin. Para él, por tanto, el fútbol es solo el juego más importante del planeta. Y Messi, solo un jugador más.

La última frase resume a la perfección el drama, o algo parecido, que está viviendo el argentino cada vez que pretende engrandecer el juego de su selección. Se fue tras el Mundial de Rusia para tomar distancia, mirar desde afuera y desconectar: le llovían palos indecentes porque cuando vestía de albiceleste era incapaz de obrar los milagros en azulgrana, como si no hubiese sido suficiente milagro colar a un equipo mediocre en tres finales consecutivas (dos de Copa América, una del Mundial'14). Messi regresaba este fin de semana a la selección y se encontró a un equipo aún peor. Ya no están ni siquiera Agüero o Higuaín. Foyth, Mercado y Martínez capitanean una defensa a la que Venezuela le puede hacer tres. Ejecutan el arte de la medular Paredes o el Pity Martínez, y deben rematar Lautaro o Benedetto. Dybala en el banquillo. Hombres de paja en la convocatoria: Kannemann, Marchesin, Marcone, Zaracho, Musso...

En los años 90 explotó el fenómeno Weah. Un delantero exuberante, espectacular, que lo ganó todo con el PSG o el Milán, entre otros. Incluido el Balón de Oro de 1995. Nunca le pidieron en Liberia que hiciese milagros con la selección: incluso allí saben que el fútbol es solo un juego y no una maldita religión.