TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Ojalá que las cosas le/nos salgan bien, señor Sánchez

Según lo previsto, y por la mínima, Pedro Sánchez quedó este martes investido como presidente del primer Gobierno de coalición desde hace más de 80 años, inaugurando una era que sin duda estará llena de sorpresas y clausurando otra, la del consenso en el que se basó la Transición de la generación del 78. Todo el debate parlamentario para llegar a esta investidura, en la que Unidas Podemos será el contrapunto del PSOE en el Ejecutivo, fue bronco, una polarización bastante mayor de lo usual entre las derechas y las izquierdas, mostrándose con claridad que enhebrar futuros acuerdos y pactos para cuestiones que serán sustanciales va a ser extremadamente difícil.

Ambas partes ni siquiera se tendieron puentes que hablasen de acuerdos de futuro en materia de renovación del poder Judicial, o de la dirección de los servicios secretos, o, menos aún, en lo referente a pactos educativos o incluso sobre política exterior, y no hablemos ya de cuestiones más puntales, pero significativas, como los medios públicos de comunicación. Sánchez intentó, en su último discurso antes de ganar por dos votos la investidura, tranquilizar a los sectores que puedan estar más inquietos por su victoria, como el empresariado. No sé, la verdad, si lo logró. La Cámara se mostraba herida, como casi no podía ser de otro modo teniendo en cuenta los muchos meses de tensiones políticas, sociales y también económicas vividas desde que se instauró la inestabilidad, a finales de 2015.

Son muchas las consecuencias que se van a derivar de esta investidura. En primer lugar, creo que hay que prever la existencia de dos gobiernos en uno: el primero, presidido por Sánchez; el segundo, en paralelo, con el vicepresidente Pablo iglesias y los cuatro ministerios de Podemos que de él dependerán más o menos directamente. En segundo lugar, pienso que el Partido Socialista, aunque triunfante, sale algo quebrado del lance: me ha parecido significativo que ninguno de los referentes verdaderamente históricos de la formación de Pablo Iglesias (Posse, naturalmente),como Felipe González o Alfonso Guerra, hayan aparecido estos días para comentar el retorno al poder de los socialistas para ¿uno, dos, tres, cuatro? Años. Y, claro, en tercer lugar me parece que se avecina una recomposición de las fuerzas de la derecha, hoy en una alianza casi imposible: no son lo mismo unos que otros.

Luego está la presencia de los secesionistas catalanes y vascos. Que la portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya se atreviese a proclamar, desde el atril parlamentario, "me importa un comino la gobernabilidad de España", resulta obviamente significativo. En ningún momento ha querido ERC esconder su vocación de separarse del resto de España, sea mediante referéndum o a las bravas. Un jalón importante en la Legislatura serán, quizá, las elecciones autonómicas catalanas, que serán auténticamente plebiscitarias y cuajadas de episodios como la irrupción estelar de Puigdemont (¿y Junqueras? Quién sabe) en el Parlamento Europeo dentro de cinco días.

El camino va a estar jalonado de riesgos, de trampas. Insisto en que se necesita un gran estadista para gerenciar todo esto, para unir las cada vez más evidentes dos Españas, para conllevar con los secesionistas catalanes, para sujetar cualquier tentación nacionalista vasca de salirse del tiesto. Y, sobre todo, para que el resto de los españoles, ya voten al PP, a Ciudadanos, a Vox, al propio PSOE, a las sensibilidades de Podemos, a quien sea, se sienta capaz de cooperar para que el Gobierno Sánchez saque adelante tareas fundamentales para la pervivencia de la nación tal como la conocemos.

Quedo a la espera de lo que, más allá de los silencios que hasta ahora han dominado el panorama de los planes presidenciales -si es que tales planes existieron-, Pedro Sánchez logre convencernos de que ha emprendido si no el mejor camino sí, al menos, un camino razonable. Confieso que yo ahora no acabo de verlo, y no me parece que por ello se me pueda calificar, como hacen algunos portavoces del PSOE, de ser de extrema derecha. Menuda simplificación, menuda mentira, en el hit parade de esta época de posverdades.

Termino deseándole al nuevo Gobierno, que está muy lejos de ser el de mis sueños -acaricio la idea de tener algún día un Ejecutivo de centro-izquierda, con una separación de poderes suficiente, una nueva normativa electoral y una Jefatura del Estado a la que le dejen actuar algo-, muchos éxitos. Como ciudadano, como español, incluso como periodista -algunos nos consideran casi el enemigo-, lo deseo de corazón. Aunque mi cerebro diga que, lo que se monta mal, acabará cayendo por tierra.