TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Defender a Iceta, por ejemplo, es peligroso

Intentar hacer un resumen cuando la semana acaba, de lo que han sido estos últimos días auténticamente de locos, en la alegre y despreocupada vida política nacional es algo que no resulta fácil.

Entre alfilerazos de Casado a Rivera y viceversa, meteduras de pata varias, affaires de espías -lo de Villarejo a Pablo Iglesias no está, entiendo, del todo aclarado- y chifladuras sin cuento, como la propuesta lanzada por Torra en Lisboa proponiendo un Consejo ibérico que prepare la independencia catalana como en 1640 se hizo la de Portugal respecto de Castilla, uno no sabe con qué carta quedarse.

Así que, puestos a elegir con el folio en blanco, me quedé con Iceta. Una de las figuras, lo digo de antemano, más atractivas de la vida política. No solo catalana, sino nacional.

Porque, mientras su jefe de filas, Pedro Sánchez, presentaba el miércoles el programa electoral del PSOE sin dedicar ni una palabra a Cataluña, Iceta cogía por los cuernos el toro del futuro ante el mayor problema político del conjunto de los españoles. Habló, eso sí, de un plazo de 10 o 15 años para que los independentistas alcanzasen una mayoría del 65 por ciento y poder ir a un referéndum. Y, entretanto, el Estado debería favorecer los intereses de los catalanes.

Gran revuelo en cenáculos y mentideros de los madriles contra el independentista secretario general de los socialistas de Cataluña. Hablé con gente que le es próxima y coincidía con mi interpretación sobre lo que Iceta dijo: lo que él pretende es, más bien, ganar tiempo, 10 o 15 años, para mantener una conllevanza y lograr que, lejos de ganar adeptos para los indepes, se fortalezca ese porcentaje de catalanes que no desean abandonar España, pero que temen verse abandonados por una España que no les gusta cómo actúa.

Nada tiene Iceta de independentista, y quienes le atacan como tal, bien lo saben. Otra cosa es que él, político de raza, sabe que en esta materia no hay victorias por cuatro a cero, ni con Messi. Algo hay que arriesgar para ganar la voluntad de los catalanes, muchos de los cuales sin duda están asustados ante la fanática deriva chiflada de Puigdemont y su discípulo, el actual president de la Generalitat, pero no menos alarmados ante la política de más palo que zanahoria predicada por algunas formaciones con posibilidades de gobernar en España.

Iceta es un posibilista, y comprende que en algún momento habrá que ofrecer algún tipo de consulta a los catalanes. Quizá no un referéndum de autodeterminación, sí o no a la independencia, pero sí una consulta sobre, por ejemplo, un nuevo Estatut, dado que el actual, en la realidad aunque no en la teoría, ya ha saltado hecho pedazos. Y sabe que habrá que negociar, no andar esgrimiendo el artículo 155 como una espada de Damocles sobre la cabeza no solo de los indepes, sino del conjunto de los habitantes de Cataluña, si es que no de todos los españoles.

Cierto, estamos en tiempos del cólera, con un juicio en marcha que va a alterar, cuando llegue la sentencia, muchas cosas, muchas actitudes y voluntades. Pero tanto Iceta como sus compañeros de otras formaciones y, desde luego, sus jefes en Madrid, saben que el Gobierno central habrá de negociar en algún momento con algunos de los ahora juzgados, muy concretamente con Oriol Junqueras, que espera con aparente sosiego el veredicto de los jueces y el de las urnas, que probablemente le concedan un escaño que ya veremos si podrá o no ocupar -menudo lío, por si nos faltase algo-.

Comprendo que en los ambientes algo crispados del resto de España no gusten demasiado los planteamientos de Iceta. Pero su voz realista, en ocasiones algo imprudente, que se atreve a ir más allá de lo que a sus mentores en Ferraz les gustaría, aunque privadamente le den buena parte de la razón, encuentra tierra abonada entre los catalanes.

Y es entre los catalanes donde hay que sembrar la semilla de esa conllevanza de la que gentes como Puigdemont y Torra deben quedar apeadas cuanto antes: ellos solo quieren romperlo todo y, por eso, son el auténtico peligro. Que otros no se confundan de enemigo. Aunque hemos llegado a un punto en el que defender a Iceta, por ejemplo, es un riesgo de ser lapidado en las inmisericordes, involucionadas, a veces irreflexivas, redes sociales españolas. País...