NOTAS AL PIE

Javier D. Bazaga


La gran asignatura pendiente

03/01/2020

Lo de contar los muertos en accidente de tráfico cada año se ha convertido en una tradición casi como la de comernos el turrón o tomar las uvas. Pero la tragedia que se esconde detrás de todas y cada una de esas cifras tiene que ser demoledora. Y sin embargo, que los accidentes de tráfico sean una de las primeras causas de mortandad de este país apenas nos escandaliza. Lo tomamos como eso, como algo habitual. Habitual entre los que no lo padecemos, claro está.
Con el arranque del año se ha cumplido también con esa tradición es hacer balance de la siniestralidad vial del año anterior, con la gran noticia que supone que en 2019 se marcó un mínimo histórico en ese número de muertes desde que se tienen registros. Aquel primer año que empezamos a contar víctimas fue 1960, año en el que se quedaron en las carreteras 1.300 personas. Entonces el parque automovilístico alcanzaba apenas el millón de vehículos y había unos dos millones de conductores. Este año que acabamos de despedir, el parque de vehículos es de 34,5 millones y somos más de 27 millones los conductores. Pues bien, con este escenario, 2019 marcó un récord con 1.098 víctimas. El más bajo, y muy lejos de los 5.000 y casi 6.000 que nos dejaban a finales de los 80 y principios de los 90.
Pero ahí está el problema, que por mucho que nos esmeremos sigue habiendo más de mil muertes en las carreteras cada año, y eso no puede ser normal, no podemos contarlo como una causa de muerte más como el cáncer o el ictus, porque al volante seguimos teniendo la mayor parte del control sobre lo que podemos o no hacer o anticipar.
No obstante, en el último balance presentado ayer por el ministro de Interior en funciones en la sede de la DGT dejaba un dato esperanzador, de esos que hay que buscar con lupa pero muy alentador: la principal reducción de víctimas de la última década se ha producido en el rango de edad más joven. 239 muertes menos registradas en los últimos diez años entre los 25 y los 34 años. Y 180 menos entre los 35 y los 44 años. Todos recordamos cuando viajábamos con nuestros padres en los asientos traseros sin cinturón de seguridad, y casi unos encima de otros. Pero además de la seguridad de los vehículos, la educación vial ha sido uno de los grandes antídotos para esta enfermedad que arrasa en nuestras carreteras. Y así debería seguir siendo, porque la formación y la educación desde edades tempranas llega a convertir a las personas en conductores más responsables. Siempre habrá listos al volante, pero las posibilidades las podremos reducir considerablemente. Si incidimos en esto, en la formación, la educación, y el respeto en el uso de la vía, conseguiremos aprobar esta eterna asignatura pendiente.