LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Midway

En la ficción televisiva, se está poniendo de moda promover la idea de que es más ético un duelo personal que enfrentar a dos ejércitos en la batalla. El concepto no tiene ningún recorrido, porque la inmoralidad no reside en el acto bélico sino en las causas de la guerra. Las poblaciones que sufren invasiones y sus consecuencias solo desean tener los medios para repeler la agresión que sufren.

También existe el mito de que hay una mayor exigencia moral en aceptar estoicamente la muerte que provocar el final de una vida. La muerte provocada por actos humanos rara vez posee dignidad especial o rasgos heroicos; desgraciadamente sucede de manera cruel y si se tiene suerte de forma rápida. En las batallas, el ejército vencido no es superior moralmente por la derrota, solo más débil o incapaz.

Sin embargo, vencer al oponente exige tomar decisiones. Hay que respetar la dignidad del contrario, reconocer su valor, salvaguardar su integridad cuando se rinde y saber que más importante que la victoria es obtenerla de manera justa; esto último exige una finura moral poco común.

Observar desde la distancia cómo otros sufren la opresión o el asesinato, parece difícil de justificar como acto noble. Esta indiferencia envuelve a Occidente donde se postula que un pacifismo radical es la única forma legítima de poder. Ese cinismo oculta la cobardía existente y la falta de principios.

Hace 80 años la generosidad y el coraje para defender la libertad se entendía como un deber. Los horrores de la guerra parecen habernos paralizado e incapacitado para saber discernir cuando la pasividad no es una opción moral. No significa que cada injusticia debe de ser combatida, pero sí que en aquellas donde tengamos una expectativa de victoria real o un compromiso de cercanía nuestra intervención sea inevitable.

La invasión de Crimea y la ocupación del este de Ucrania exigen una respuesta bélica, económica y política integral, para que el agresor sepa de forma certera que ha atravesado una línea roja. Nuestra respuesta debe de ser contundente.

Por otro lado, los habitantes de Hong Kong no pueden engañarse. La Unión Europea es incapaz de desplegar dicha fuerza porque la distancia y logística hacen imposible una amenaza militar. Solo podemos acudir a las herramientas económicas y políticas; ambas tienen un coste aceptable si queremos seguir considerándonos europeos. Saber distinguir la diferencia no es fácil. Vivir sin principios es un lujo que los gobiernos no deberían permitirse.