EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


Anatema

Por mi parte, cualquier planteamiento serio sobre eso que denominamos el Cambio Climático, debe superar, necesariamente, un mínimo análisis de la razón, el estudio riguroso y la constatación de la comunidad científica independiente, no subvencionada, alejándose siempre de la reiteración machacona de telediario, el negocio económico y el prurito de chico comprometido. Solo desde esa perspectiva científica del debate, desdeñando el dogmatismo casi religioso al uso, la ideología política y el oportunismo electoral, cabría entrar a valorar su realidad, auténtico alcance y la supuesta antropogénesis del cambio.
Todo lo contrario de lo que vienen practicando los gurús y demás maestros espirituales de la fe climática, con gran daño a la causa, que pretenden convertirnos a la nueva religión exhibiendo a esa niña sueca, Greta Thunberg, a caballo entre la niña de Rajoy y la niña del exorcista, versión azote de los descarriados en plan secta de fariseos, saduceos y zelotes. Y como comprendo que lo que digo es anatema para las sectas climáticas, saliéndome de la normalidad más ortodoxa, escribo estas líneas cubierto ya, para ir adelantándoles la faena, con un sambenito en la cabeza a la espera del auto de fe inquisidor de sus sacerdotes más fundamentalistas. 
En mi defensa podré citar al filósofo Gustavo Bueno, contundente señalando que el ecologismo y la preocupación por el cambio climático son uno de los temas culturales más presentes en la ideología de las élites de políticos, periodistas y, sobre todo, del público indocumentado. «El mito de la Naturaleza, sobre todo en la versión apocalíptica de tantos políticos del presente, constituye uno de los hilos fundamentales de esta nebulosa ideológica. En general muy pocos miembros de esta nebulosa entrarán en el debate científico sobre la cuestión, y ni siquiera se citarán obras recientes de divulgación sobre el asunto» (BUENO, Gustavo (2001): «La nostalgia de la barbarie, como antiglobalización», antílogo al libro de John Zerzan, Malestar en el tiempo, Ikusager, Vitoria). 
Y citaré también los estudios científicos, sociológicos, culturales, económicos y políticos de Luis Bailarón Ruiz, de Robert M. Carter, Richard S. Lindzen, Ross McKitrick, Freeman Dyson, Leoncio González Hevia, Richard S. Lindzen, Bruno Latour, Carlos M. Madrid Casado, Mª Eugenia Pérez González, o José Manuel Martínez Pardo (’Al Gore, el nuevo Joaquín de Fiore’), y muchos otros herejes que, con inmenso respeto a la Naturaleza, vienen a considerar, como yo mismo, que «el mito del Cambio Climático formaría parte de la constelación aureolada de la ideología antiglobalización, que concibe al capitalismo como un depredador y a la Agenda 2030 como una hetería soteriológica de hermanos cofrades que viene a garantizar la salvación del Género Humano».
 «Lo que ilustra que al final, después de todo, la Ecología y la Economía están subordinadas a la Política. El Clima y el Mercado, por así decirlo, al Estado». 
¡Anatemaaaa!, ¡Anatemaaa!