FIRMA SINDICADA

Rafael Torres

Periodista y escritor


Exhumación de una sombra

Un monumento de exaltación fascista solo puede ser una fosa común, y en el de Cuelgamuros se encuentra, sepultada baja la abrumadora masa de piedra que los esclavos de Franco hubieron de romper, pulir y cincelar, la mayor del mundo. 
En las criptas de ese monumento de exaltación fascista que profana la belleza de la Sierra de Guadarrama, erigido por Franco para perpetuar su Victoria, que no fue otra que la de la violencia, la del terror y la de la división de los españoles, se hallan amontonados, deshechos, los restos de 34.000 víctimas de su vesanía y de la de aquellos que, volviendo sus armas contra el pueblo y la nación que juraron defender, sumieron a España, esto es, a sus hijos, en las simas de la criminalidad institucional y del cainismo. Y aún el descomunal verdugo, el que logró prevalecer sobre los otros promotores de la carnicería y tiranizó al país durante décadas, y luego siguió proyectando su sombra durante otras tantas, sigue allí. 
Según supo el presidente en funciones del Gobierno que el Tribunal Supremo avalaba el traslado de los restos del sátrapa a un enterramiento privado, lejos del de sus víctimas, se apresuró a comunicarlo al mundo desde su sede oficial, la ONU, donde se hallaba asistiendo a la Cumbre del Clima. Un triunfo de la democracia, dijo, y es verdad, pero podía haber añadido que también de la decencia, de la sensatez, de la higiene, de la justicia y de la verdad. Mas pese a tanto triunfo, todavía los herederos de la siniestra sombra, los directos y los indirectos, pugnan por conservar el suyo, su triunfo, que, representado en los huesos de Franco reinando sobre la fosa común, creían indesmayable por los siglos de los siglos. 
Hizo bien Pedro Sánchez contando al mundo lo que éste, o la parte sana de él, percibió siempre como una brutal anomalía, la sepulcral vecindad del verdugo con las víctimas de su Guerra, vecindad que imprimiría al gigantesco osario la condición de fosa común incluso si del tercio de cadáveres sin identificar que allí yacen conociéramos sus nombres y apellidos. 
Ahora habrá que estudiar y ver qué se hace con ese nefasto recordatorio en piedra para ayudarnos, de una vez, a olvidar, pero lo básico para empezar a convertir el Valle de los Caídos en sepultura digna parece que fluye: que el autor de aquello, su sombra, salga de allí.