NUEVO SURCO

Javier López


En la misma mesa

Culminó Pedro Sánchez una semana excepcional, la primera de febrero, en la que España volvió a convertirse en territorio para todas las piruetas imaginables,  con una reunión, de colofón, en la finca toledana de Quintos de Mora con todo su gobierno, para planificar el trimestre y fijar agenda, se nos dijo. Todos los ministros y ministras un poco en plan pandilla sabadera, en sábado soleado y con el pinic bien a punto entre asunto y asunto. Hablarían de Quim Torra y quizá del Consejo de Política Fiscal y Financiera del día anterior,  donde las comunidades autónomas que no gozan de cupo ni de trato privilegiado constataron que de momento no se les va a liquidar el IVA pendiente de 2017, como si no hubiera una mesa en la que nos sentamos todos a discutir y repartir cargas.
La mesa en la que nos sentamos todos es la de la España fraguada en la Constitución de 1978, la que defienden ahora con ahínco desde baronías de distinto signo, la mesa en la que se siguen sentado juntos presidentes autonómicos de talantes distintos e ideologías distantes.  «Más allá de la excepción constitucionalizada de los cupos del País Vasco y Navarra, todos estamos en la misma mesa», decía Emiliano García-Page en las horas previas de esa reunión de la que salió la confirmación del impago del IVA pendiente que se les debe a las comunidades autónomas por parte del Estado a cambio, como contrapartida, de un cierto alivio en los objetivos de déficit. La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, no se movió ni una casilla de lo ya sabido y hace méritos para convertirse en la bestia negra de las comunidades autónomas afiliadas a la lealtad y al compromiso con el proyecto común, como si el Estado, en esa lógica, no tuviera la obligación de liquidar el IVA con la misma diligencia que lo hace el autónomo más currito de todas las Españas, en cualquiera de sus rincones.
Eso es lo que ocurre en la mesa en la que nos sentamos todos, y que de seguir así amenaza con serios problemas de sostenimiento: la mesa en la que nos sentamos todos, insisto, porque lo de Cataluña es otra cosa y ya va por otro carril, tan excéntrico  que no tiene nada que ver con el cupo vasco o navarro. A los independentistas catalanes no hay cupo que les calme, mucho más cuando sus chantajes surten efecto. De manera que Quim Torra, un político estrafalario y terminal, además de inhabilitado,  se permite el lujo de recibir al presidente de España como si del presidente de Lituania se tratara  para seguir dándole a la matraca de la secesión y la insolidaridad. Un lujo en toda regla que solamente se puede ver en un país en tránsito y mudanza hacia no sabemos qué puerto. El independentismo, que jamás ha querido sentarse en la mesa de todos, le quiere colocar a Pedro Sánchez una mesa aparte, con mantel estelado y un frondoso centro de flores amarillas. Y así vamos pasando el rato.
Lo que nos queda por ver está aún inmerso en la nebulosa de la incertidumbre. Lo único cierto es que vivimos en un país en el que el concepto ‘mesa’ se ha convertido en la clave para entender casi todo. ‘Sin mesa no habrá legislatura’, le espetó desafiante Gabriel Rufián a Pedro Sánchez en la sesión de investidura. Esa mesa del diálogo con Cataluña (mejor dicho, con el independentismo catalán)  que de momento no se pone en marcha pero que los de ERC esgrimirán como la gran amenaza para votar afirmativo a los presupuestos, próxima parada indispensable para que lo de Pedro Sánchez siga adelante. En esa mesa, de composición incierta, estarán presentes los de ERC y los de JxCat, como cuando se llevaban bien pero ahora con el matrimonio roto y prácticamente divorciado. Sánchez podrá jugar la vieja carta marianista de que el independentismo se despelleje entre sí para debilitar así su intensidad destructiva. ERC, finalmente, querrá abordar la negociación con Moncloa presidiendo la Generalitat y con Miquel Iceta de puntal y de puente, sirviendo los platos a su tiempo y en su punto. Esa es la mesa que a los de ERC en el fondo les interesa, y la tendrán tras las elecciones catalanas, si ganan y se forma otro tripartito, como el de antaño.
Entretanto, la mesa de todos, la que nos dimos con la Constitución de 1978, va por otros derroteros y corre el riesgo de quedarse algo desasistida, mustia y desangelada, si todo se traduce en ir más allá de las propias instituciones para aliviar y hacer viable un momento del que tampoco conocemos con certeza la ruta ni el destino, si acaso con un vértice claro: la voluntad inquebrantable de un presidente del Gobierno de permanecer. Es de lo único que a estar alturas no queda ninguna duda.



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