A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


No sólo de pan vive el hombre

16/04/2020

Este próximo jueves, 23 de abril, debería celebrarse el Día del Libro, pero no se celebrará. De esa manera, no habrá ocasión de proceder a la ritual lectura del Quijote (aunque alguien lo hará por vía telemática, como está de moda), los políticos perderán la oportunidad de pronunciar uno más de sus bonitos discursos ensalzando el valor de la lectura como actividad lúdica necesaria y enfatizando (hipócritas) la importancia de las maltratadas bibliotecas públicas y los libreros no podrán sacar a la Plaza de la Hispanidad los sencillos tenderetes en los que ofrecer inexistentes novedades, volúmenes de fondo almacenados durante tiempo en sus anaqueles o la montonera de libros infantiles que se produce de manera continua. Quienes nos dedicamos, entre otras cosas, a publicar y editar, estaríamos por allí husmeando si nuestras obras están en todos los sitios colocadas de manera visible, sentiríamos un íntimo placer si vemos a alguien hojeando, no digo ya comprando, uno de esos títulos y, a lo mejor, en el colmo del éxtasis, se acerca para pedir la firma del autor, lo que viene finalmente a satisfacer la inocente vanidad que uno tiene.

No habrá Día del Libro y, sin necesidad de presumir de augur, se puede predecir ya que, salvo espectacular milagro de la naturaleza, tampoco habrá Feria del Libro, que debería llegar a mediados de mayo. Y lo que viene detrás, Estival Cuenca en junio, los Veranos culturales a continuación, están a expensas de lo que digan los pétalos de las margaritas. Y ello no solo por las terribles circunstancias sanitarias en que estamos inmersos y que todo el mundo conoce sino también porque el gobierno, con su inmensa capacidad decisoria, ha establecido qué es esencial para la vida y qué no lo es. De todas las suertes de discriminaciones que la organización del mundo ha ido estableciendo a lo largo de la historia, esta es ciertamente novedosa. Quienes creemos que el ser humano corresponde a una totalidad de acciones y sentimientos, debemos aprender ahora que hay cuestiones esenciales y otras que no lo son.

Es una tesis que comparte el ministro de Cultura, llamado de nombre José Manuel Rodríguez Uribes, cuya actuación más conocida desde que tomó posesión del cargo en el actual gobierno de coalición ha sido la de aparecer como florero silencioso en la gala de entrega de los premios Goya. Sus desafortunadas palabras, compartiendo la idea de que el mundo de la Cultura debe permanecer en el ostracismo más absoluto mientras se recuperan las actividades “esenciales” provocó una tormenta en el seno de quienes se dedican a ello, y que tienen, no sólo la necesidad de trabajar y obtener algún beneficio material, sino también su corazoncito sensible, porque están -estamos- muy orgullosos de nuestra aportación tanto al PIB nacional como a producir estados de complacencia en quienes, y son millones, acuden de manera sistemática a la variada oferta que las inestables industrias culturales de este país ponen a disposición de los ciudadanos. Los afectados por este desprecio, en un arranque de indignación, amenazaron con hacer algo tan insólito como una huelga de brazos caídos, disparatada idea rápidamente cancelada.

No solo de pan vive el hombre, contestó Jesús al maligno que le tentaba en la soledad del desierto. No solo de trabajar a destajo y ganar dinero se conforma la vida de un ser humano. Cuando los políticos consideren que el ocio, la cultura, la sociabilidad colectiva, son también actividades esenciales para desarrollar una vida completa y no la de un robot, este país habrá entrado en otra dimensión más razonable y humana. A lo mejor, incluso, entonces habrá un ministro de Cultura que defienda y proteja la Cultura como actividad esencial e imprescindible. Y no sólo él, claro, también otros de la misma cuerda.



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