TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Silencio

Eduardo Galeano, cuya muerte en 2015 dejó al deporte (y al fútbol en concreto) sin uno de sus mejores narradores, dejó escrito que no hay nada menos vacío que un estadio vacío y nada menos mudo que las gradas sin gente.

Los angustiados gritos de Anfield (¿Qué manera de dejar de ver deporte, durante un rato, que escuchando a pelo el You'll never walk alone?) serán los últimos en una temporada. Y no quiero referirme tanto a las suspensiones y a los aplazamientos como a ese silencio casi aterrador que generan los partidos a puerta cerrada. Antes fueron las sanciones y las decisiones políticas las que convirtieron partidos de elite en exigentes duelos de patio de colegio, en los que el micrófono captaba las toses del central, el alarido del central pidiendo adelantar la línea a sus compañeros, la blasfemia al aire. Ahora ha sido un virus y esa mezcla de prevención necesaria e histeria colectiva la que ha vaciado estanterías de papel higiénico en los supermercados y graderíos de estadios y polideportivos.

El deporte de primer nivel, sin gente que lo disfrute, no tiene sentido. «Jugar sin hinchada es como bailar sin música». Por eso algunas aficiones decidieron poner su cerebro en barbecho y, para evitar una aglomeración, organizaron una aglomeración. Sucedió en Valencia y en París. O permitieron a casi 3.000 madrileños entrar a Anfield. En la tibieza -lo han vivido en Italia, hoy cerrada a cal y canto- está en riesgo. Ni puerta cerrada, «ese incómodo silencio», ni medias tintas. Caen mortales, caen políticos y también caen deportistas. Pero el loco de la bufanda y la bengala no, él se cree inmune. Y tal vez viendo que el forofo no entiende de fiebres altas y dificultades respiratorias, lo mejor sea suspenderlo todo. Y que el loco proteste… pero que no contagie.