TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Alejandro (†7 de abril)

12/05/2020

En las tribus casi siempre han gobernado los más mayores por pura cuestión táctica, que eran ellos los que más experiencia y saber acumulaban. Las gerontocracias tutelaban los pueblos y los jóvenes ganaban las batallas contra el enemigo, dispuestos a dar la vida por su rey, y esas batallas también las libró antes el más viejo, un superviviente… La joven Cleopatra fornicando con el romano enemigo dio fin al legado de los grandes emperadores egipcios, a los servidores de Isis, Amón-Ra y Atón. 
   En el Elogio de la Locura leo: «Los hombres, como casi todos los gobernantes, son ignorantes de las leyes, solo miran por su beneficio e intereses personales, se entregan a los placeres, y piensan en todo menos en la dicha del estado. Su regla de conducta es su capricho y su comodidad. Anteponen el vicio a la virtud, la materia al espíritu, el cuerpo al alma, lo exterior a lo interior». Moro decía que «la razón debe gobernar en el hombre como un rey». Lo secundario es el yo. El anciano sabe que muchos de los dirigentes de las naciones ejercen su poder con malicia, con corrupción. Ahora son muchos los jóvenes que sirven al corrupto porque esperan sacar ventaja aprovechándose, según creen ellos, de unas circunstancias que les favorecen. No se dan cuenta de que se han convertido en una raza de víboras que muerde a su hermano, a su igual, y solo admiten en ellos el derecho de hacer prevalecer una razón que niegan a sus semejantes. Un anciano les diría: no os ensoberbezcáis que vuestro poder pronto se acabará como se acaba la vida en el rio cuando este se contamina. El presente de todos es fugaz, breve el tiempo del malhechor, daros prisa que vosotros también pasareis, y si algo enseño la vida a todos los que pasaron por ella, es que el mal con el que actuaron la vida se lo devolvió en llanto, en tristeza, en desesperación, que los gozos efímeros han sido y son la ruina de muchos mezquinos que son esclavizados por su pereza.
    Muchos han sido felices después de vivir un infierno, y han comprendido que se necesita muy poco para ser dichoso, algo que los miserables que nos gobiernan y sus seguidores abducidos nunca entenderán. Y al escribir esto me acuerdo del testimonio de una madre que ha sobrevivido a un cáncer, y cuando ya la habían desahuciado (tenía dos niños de uno y dos años), se recupera y adopta a una niña con síndrome de Down. Ella sabe lo que es ser feliz, «hacer de cada minuto del día, de todos los días que viviré, un motivo de alegría viviendo para los demás». Un motivo que he oído a algunos amigos mayores difuntos es que prefieren morir antes que sus retoños, que ya han vivido bastante, y yo que oía sus consejos les decía «pero no tengas prisa». Ahora me ha dejado otro sabio, Alejandro, y ha muerto en hospital, en paz. Yo sé que inmerecidamente otros han muerto solos ahogándose en su casa, sin un respirador o un calmante que amortiguara su sufrimiento. Terrible.
«Vive para ti solo, si pudieres; Pues sólo para ti, si mueres, mueres». Decía Francisco de Quevedo, y ¿merece la pena vivir para sí sólo? Así lo creen los vendepatrias que sacrifican a los demás para vivir ellos. Y los hay hasta que se ríen de la desgracia ajena, son tan idiotas que no saben que a la risa se le atribuye la facultad no sólo de acompañar, sino también de suscitar la vida, y su ignorancia no los justifica. En los mitos la creación es producto de una carcajada divina, y se creía que la risa era un medio para resucitar a los muertos. El término «risa sardónica» tiene su origen en los sardos antiguos quienes ejercían la eutanasia ritual. Mientras eliminaban a los ancianos, los que llevaban a cabo los actos mortíferos se reían. Hoy día la «risa sardónica» se asocia con la malevolencia, pero en su origen, facilitaba el renacimiento de aquellos que llegaban a su fin. La risa era uno de los factores que causaban el renacimiento. 
Las muertes presentes no tienen gracia, y no se deben reír nuestros próceres, y más si no entienden nada. Muchos nos hemos quedado muy solos. ¿Sin el consejo de los sabios ancianos qué haremos? Cervantes habla por mí: «Dios lo remedie; que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más» (Quijote, II, 29).