DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Lazos de quita y pon

Las pasadas Navidades casi intimo con un lazo. Es como el chiste del gato, cuyo final viene muy a cuento. La relación no fue a más porque el lazo estaba un día pero al siguiente desaparecía. Así no hay forma de consolidar una relación que está empezando. Nuestro idilio sólo duró una semana que es el tiempo que estuve en Barcelona. Cuatro días nos cruzamos y tres noté su ausencia. Para ser un simple lazo le vi demasiado escurridizo. Igual era para hacerse valer, también en su silencio. Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Mi lazo amarillo -si en el chiste el gato es mío, el lazo, aquí, también- estaba siempre sobre una señal de tráfico del barrio de Horta; desaparecía y volvía a aparecer en el mismo lugar. No puedo precisar la hora en la que se iba y el momento en el que regresaba. Es faltar al rigor periodístico pero soy incapaz de llegar a tanto. De haberlo pretendido, hubiera necesitado de múltiples ayudas para hacer los relevos, y no sé si un lazo se lo merece. Es de Perogrullo decir que la persona que le acompañaba en su vuelta y el que le animaba a marcharse no es la misma. Quizá no se conozcan, o puede que sí. Intuyo que el que lo coloca, aproximadamente, sabe cuándo el otro retira el lazo, y viceversa.

De tanto pegarlo y despegarlo - mi amigo lazo es una pegatina- la señal de tráfico acumulaba los restos del quita y pon. Como de aquello han pasado ya tres meses y medio no tengo ni idea si siguen con el juego. La tozudez de algunos es superior a la de Paco Martínez Soria en Don Erre que erre, aunque bien mirado no deja de ser la plasmación callejera de la división de una sociedad partida en dos mitades: los que quieren la independencia y los que prefieren seguir dentro de España.

Mi lazo puede estar yendo y viniendo tantas veces quiera el que lo pone y el encargado de retirarlo. Todo depende de su insistencia. El que lo retira dirá que ya tiene que tragarse los lazos pintados en el asfalto o aquellos que han sido colocados sobre un árbol y son imposibles de retirar. Ante eso poco puede hacer. Pero cuando una comunidad esta dividida en dos mitades, lo que es inadmisible es que las fachadas de la mayoría de edificios públicos de la Generalitat estén llenos de símbolos que ofenden al 50% de los catalanes.

No había duda de que Quim Torra iba a desobedecer al ultimátum de la Junta Electoral Central. Ha cumplido el plazo y el president se vuelve a pasar la norma por el forro. No es la primera, ni la segunda, ni será la última, por lo que el interés se ha situado en otro lado. La responsabilidad está ahora en el tejado de La Moncloa. Si no se moja, Pedro Sánchez volverá a retratarse. Puede hacer como los malos toreros y seguir toreando de perfil, con la puntita de la muleta, ante todo lo que tiene que ver con los separatistas catalanes. Pero todo acto de desobediencia requiere del castigo pertinente. ¿Se imaginan al presidente de Castilla-La Mancha desoyendo el requerimiento de un órgano superior? Si no se actúa en lo pequeño, mucho menos en lo importante, lo que da una pista de lo que puede venir si se repite el escenario actual después del 28 de abril. Entonces, lo de los lazos será lo de menos.