DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


De fiesta

Agosto ya no es lo que era; puede que no lo parezca cuando revisamos todo lo que no ha cambiado y lo que no queremos que cambie. En Sigüenza vuelven a venerar a la Virgen de la Mayor como vienen haciendo desde el siglo XII. Es menuda y hermosa, una seguntina elegante que este domingo volverá a recorrer las calles de la ciudad medieval bajo la luz de los faroles y de la luna. Antes, los seguntinos se han vuelto a encomendar a San Roque, representado en una bella talla de madera policromada del siglo XVIII, que desfila bajo los sones de los dulzaineros de Sigüenza.

En Brihuega han regresado un año más al medievo buscando los orígenes de la Procesión de la Recogida de la Cera, que está en camino de convertirse en Fiesta de Interés Turístico Regional. Si los encargados de decidir estos nombramientos conocen a fondo la leyenda y se empapan de ella en la villa, no tendrán ninguna duda. Pocas celebraciones funden de manera tan armónica el carácter religioso y el popular. En el Jardín de la Alcarria han engalanado las calles con espliego -lavanda, que dicen los modernos-, tejiendo un manto morado oloroso en el que, en la noche del 15 de agosto, han llevado en volandas a la Virgen de la Peña, Madre de todas las alcarrias. Escribo en las horas previas al encierro por el campo, y sólo de pensarlo se pone el vello de punta. Veo los toros del encierro que cada año enseñan los amigos de ToroAlcarria y pienso en aquellas previas en las que todavía me ponía delante cuando subían veloces por la carretera.

A las fiestas de Pastrana no he vuelto desde que di el pregón, y ya estoy tardando. Con la colegiata de testigo y una plaza llena de color, se amontonan los peñistas con disfraces a cada cual más original. «Pastrana son actos de veneración a la virgen de la Asunción. Misa y procesión. Pastrana son días de encierros y novilladas. De vermús interminables con parada obligada en cada tasca del pueblo y de cubata en cualquier peña hasta altas horas. De callejear sin descanso porque en fiestas, callejear es el verbo que mejor se conjuga en este pueblo».  

Agosto es la Virgen de la Soledad de Iriépal, la de la Varga de Uceda, la Virgen de los Remedios de Cogolludo y la de la Esperanza de Durón. Es la Soldadesca de San Roque en Codes y la quema del boto en Palazuelos. Es historia y tradición, pasión y devoción.

Pero agosto ya no es lo que era. Sencillamente, porque este verano miro todas esas fiestas desde la distancia y me inunda la melancolía del recuerdo no tan lejano. No hay comparación posible. Mientras seguimos pedaleando de forma infructuosa hacia la nada en las cuestiones del Gobierno, cuando comprobamos que nadie es capaz de abordar lo esencial en el drama de la inmigración, en la semana en la que la economía nos sigue lanzando señales de humo o mientras vemos lo más marrullero de la política en el debate de investidura de una presidenta autonómica, Guadalajara baila, canta y ríe por todos sus rincones. Es el ritmo de la vida, aunque todavía haya manadas de tristes y capitanes del odio que reniegan de la tradición que nos mantiene vivos. Nada permanece inalterable, pero el legado que nos dejaron debería convertirse en nuestra mejor seña de identidad. Eso es también agosto y sus fiestas, bandera de una tierra que bulle durante unos días después de mantenerse en silencio la mayor parte del año.