EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Cosas de Groucho

A estas alturas de la película, pienso que el habitante de la Moncloa es una persona sin otra moral que su propio beneficio y de una falsedad como para no aceptarle su tesis doctoral ni comprarle una moto usada, lo que me lleva a concluir que España no puede esperar nada bueno de él. Pero esto tampoco significa que sus rivales sean ejemplares.
En la tradición de ineptitud de los precedentes mandatarios, Sánchez añade el descaro, con un punto de la chulería. Es decir, que se siente tan superior e impune que ni disimula su avidez por usar el Falcon para ir a por tabaco. Este cinismo le lleva a decir que pactar con los comunistas le impediría conciliar el sueño, semanas después de considerarles sus socios preferentes. En este quiebro, aparte de su ambición personal como monarca absoluto, se une la vergonzante servidumbre a los poderes fácticos que no iban a permitírselo, con lo que tiene que defender su piel en varios frentes.
Está explícito que este hombre no es de derechas, pero tampoco puede ser de izquierdas quien únicamente milita en el bando de sí mismo y su moral es la de Groucho: «Estos son mis principios, si a usted no le gustan tengo otros». Pero, para no pillarse los dedos, se presenta con un comodín diferencial que es ‘progresista’, como si la mitad de los españoles que forman la derecha tuvieran metida la marcha atrás.
A tenor de las encuestas, parece ser el más adecuado representante de un estado general de cosas nada recomendable. En el fondo, el ciudadano-tipo, sería muy feliz si pudiera seguir esa provechosa trayectoria sin reparar en gastos de conciencia. En cuanto a los partidos políticos que conocemos, excepto los extremistas de una y otra banda, su ideología es imprecisa y acomodaticia y siempre en función de la cuenta de resultados propio de una empresa de servicios del ramo de la política. Y seguimos aleccionados por Groucho, ese genio del espejo deformante que ofrece nuestra imagen real: «El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho».
Sánchez provocó una moción de censura con el pretexto de enfrentarse a la corrupción del PP, cuando la de su propio partido la multiplicaba. Y aquí, este maestro de la publicidad engañosa vuelve a quedar reflejado en esta sentencia de Groucho: «No permitiré injusticias ni juego sucio, pero, si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared...».
Para acopiar más votos que le mejoren en su puesto, no ha formado gobierno con sus naturales aliados de izquierda y se va a gastar una pasta en hacernos votarle a él. Pero, como la fatuidad ciega, ya veremos si no le salen los votos por la culata.
¡Qué aburrimiento y qué mareo! En la calle se nota la resistencia a ir a votar nuevamente para aupar a este personaje. Pero, por otra parte, nadie se resigna a tener luego que soportar un resultado que hayan decidido otros y exclaman contrariados: “¡me fastidia tener que ir a votar, pero habrá que hacerlo no sea que ganen los de la extrema… izquierda… o derecha, (a elegir)!”
Mi amigo César no quiere salir de casa el domingo 10 de noviembre, pero desearía votar a Podemos. Mi amiga Alicia tampoco está dispuesta a ir a su colegio electoral en donde hubiera metido su papeleta para Vox. Yo, que les aprecio a ambos, les he dado este consejo práctico: Quedaos los dos en casa y así, uno por otro, el resultado va a ser el mismo.



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