NOTAS AL PIE

Javier D. Bazaga


Emergencia y solidaridad

Bodas sin invitados. Funerales sin familiares que den el pésame. Comercios cerrados. Establecimientos regentados por ciudadanos chinos con la persiana bajada. Las familias sin poder visitarse. Ni besos ni abrazos en casa. Y lo peor para muchos: sin Liga ni Champions. Eso ha sido la gota que ha colmado el vaso. Si esto no es el Apocalipsis, que venga Dios y lo vea.
El coronavirus está haciendo estragos en la vida de los españoles. Algunos hablan de que se están tomando medidas de excepción que ni con la guerra. No especifican cuál. Y entre los que critican al falta de reacción del gobierno o la tardanza en la adopción de medidas, y los que reprochan la alarma excesiva, que cada vez son menos, nos encontramos un importante grueso de ciudadanos a los que les gustaría tener más información, más veraz, y más rigurosa.
Los últimos bulos que han contaminado las redes sociales sobre cierres de ciudades enteras o la suspensión de clases no han hecho sino agravar una crisis sanitaria para convertirla en una crisis social. Y lo que es casi peor, una crisis de confianza en el sistema sanitario público al que nos encomendamos cuando la necesidad aprieta, pero al que criticamos sin pudor cuando la cosa no va de emergencias.
Qué duda cabe que este virus nos está poniendo a prueba. Estos días hemos visto supermercados arrasados como si estuviéramos ante una amenaza nuclear. Histeria en las farmacias ante el desabastecimiento de mascarillas y geles desinfectantes. He visto a trabajadores rociándose KH-7 en las manos después de tratar con clientes. Es evidente que estamos ante algo desconocido.
¿Fue una irresponsabilidad alentar la manifestación del 8M con esta situación y estas amenazas? Sí. ¿Fue una irresponsabilidad mantener un congreso de partido con 9.000 simpatizantes? Por supuesto. Como lo es ahora que sabemos algo más de este virus mantener reuniones de más de cien personas. En esta semana no he recibido más que cancelaciones, anulaciones o aplazamientos en el correo electrónico. Y todas apelaban a lo mismo, a la responsabilidad. Un rasgo que quizá nos falte como cultura. Confieso que a mi también me cuesta no dar la mano o no dar dos besos. Preferimos ser temerarios a ser descorteses. Cómo le vas a negar un abrazo a ese amigo.
Pero además de la psicosis y la histeria a la que han contribuido a propagar las redes sociales sobre este asunto, debo romper una lanza por ellas. En esta ocasión sí que han servido como “redes sociales”. Y más aún, como redes de solidaridad. Me ha conmovido ver cómo chavales jóvenes, de los que se han quedado sin universidad en Madrid, se han ofrecido por barrios a ayudar a los mayores a los que se ha recomendado no salir de casa. Para llevarles la comida, medicamentos u otros recados ante el desabastecimiento por la locura desatada. Un gesto que vuelve a hacernos creer en una comunidad que vela por los suyos.