TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Las Guerras medievales de hoy

Son tiempos nuevos en que las guerras medievales tras las guerras mundiales parecen renacer. Si, esas guerras en que se violan a las niñas, muere la gente a machetazos, o los hombres de la guerra dejan morir al pueblo de hambre o enfermedades. ¡Sí!, son guerras medievales en las que pueblos sitiados y sin sitiar carecen de agua potable, servicios básicos o medicinas. ¡Sí!, son guerras medievales en la que el sátrapa de turno acapara todo el poder y riqueza negándole la libertad al pueblo que le rinde vasallaje gracias a los caballeros, generales dicen, que ejecutan los planes de quien manda y los somete dictatorialmente. ¡Sí!, son guerras entre narcos, entre maras, contra todo aquel que se interponga en el camino de la droga, el tráfico de órganos, la prostitución, e incluso el «tráfico de esclavos». ¡Sí!, son guerras en las que el hombre lucha contra el hombre, contra su pueblo, contra otra tribu, por la mera subsistencia. ¡Sí!, son guerras entre acaparadores de tierras y pueblos indígenas o ecologistas; o por el control del agua. ¡Sí!, son guerras medievales, entre coptos y servidores del zoroastrismo; entre islamistas y los que no quieren dejar de ser cristianos; entre sectarios y creyentes; entre budistas y seguidores mahométicos. Ni el marqués de Sade imaginó nunca que tanta crueldad fuera posible en el siglo XXI. 
 Tras las alianzas de las grandes guerras el mundo islámico repartió simpatías por el mundo capitalista y la Rusia comunista, pero poco cambio la suerte de ambos con estas nuevas alianzas hechas durante la guerra fría. Ahora muchos jóvenes se enrolan en estos movimientos radicalizados, que en el caso de Francia se cuentan por miles, para ser asesinos, y conviene recordar que «los monstruos no nacen, se hacen». Los líderes de estos movimientos radicalizados nos prefieren divididos, con miedo, xenófobos, violentos. Nos quieren desestabilizar para conseguir sus objetivos, y en países como España hay cretinos que les siguen el juego, que se creen más listos que ellos, que les importa un carajo su vecino, y nos piden dialogo, el mismo que nos niegan en sus países de origen donde la cultura y la religión occidental es perseguida. Hace poco en Sri Lanka han muerto dos españoles que estaban allí porque se querían. Y el amor que allí los llevó poco tuvo que ver con el odio del que os hablo y los mató. 
Ruge el mundo por la sinrazón, y yo me pregunto si ¿los hombres que esto hacen pertenecen a la raza humana, o quizás la raza humana nunca haya existido ni haya alcanzado los niveles de conocimiento y sabiduría que se nos supone? Es triste que haya personas, o lo que sea, capaces de albergar tanto odio, o que sean tan viles y mezquinos que lo hagan por dinero o pseudoreligión. Es triste pensar que en España puedan existir personas, o lo que sea, capaces de hacer revivir el odio que causó tanto dolor y muerte en la Guerra Civil o con los atentados de la ETA. A veces tengo la impresión de que el odio es el único alimento de muchas personas, o lo que sea, y por eso nunca las nombro, que a algunas es mejor que nadie les hubiera dado nombre, ni siquiera una tumba cristiana, símbolo del perdón, que ellas nunca, algunas ni en la muerte, quisieron aceptar.
El mundo se está radicalizando, y eso es obvio. La China comunista se está convirtiendo en la gran potencia militar y económica que ya está ensombreciendo a Estados Unidos y Rusia. A pesar de que somos capaces de mandar misiles a cuatro mil kilómetros, sigue habiendo guerras a machetazos en los lugares en que estas grandes superpotencias tienen intereses. Lugares donde sus esbirros someten a una esclavitud encubierta a los que extraen coltán a pico y pala. Lugares en que se comercia con todo tipo de mercancías que van a los países ricos aunque este prohibida su comercialización. 
En España dejamos hacer a los de Guinea, y poco sabemos de ello o del dictador y el hijo del dictador que contrataba a Julio Iglesias para sus fiestas. Dejamos hacer en Venezuela. Y si la economía de occidente depende de la corrupción y las muertes de los que tienen la desgracia de vivir en algunas partes del mundo –¿civilizado?–, qué triste y penosa me parece la herencia que dejaremos a generaciones futuras.


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