TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


'Fútbols'

12/05/2020

Podemos dividir el fútbol en dos fútbols. El fútbol ético y estético contra el fútbol pasional y adictivo, violines contra tambores, un operístico «¡Ooooh!» ante un control orientado y exquisito pase al hueco contra una desaforada ovación por una carrera alocada para salvar (de un patadón) una pelota que se iba a córner y ahora solo es saque de banda. Conviven esos dos juegos sin necesidad de separarlos, porque ambos son válidos, compatibles, enemigos íntimos, socios necesarios.

Sergio Ramos es una de las banderas del segundo fútbol. Tiene capacidad técnica de sobra, pero ha sido ese cóctel de testosterona, épica, muñequera patria, roja directa y vuelos imposibles en el 90 la que le sitúa como estandarte de ese fútbol que no se ve con la cabeza sino con el corazón. Tiene una vertiente tribunera y excesivamente forofa, como cuando aseguraba este fin de semana: «El país necesita el fútbol para la economía y la distracción de la afición». Es un extremo en el que se sitúan los aficionados más pasionales, los que pierden la cabeza y la compostura por culpa del balón. Los que, en definitiva, están como unas castañuelas con que Tebas haya propuesto-impuesto la fecha del 12 de junio para reanudar una Liga que se le moría entre las manos.

Tal vez en estas situaciones los amantes del primer fútbol son más comprensivos. Les gusta que haya juego tanto o más que a los otros, pero no les importa esperar lo que haga falta si todo regresa en condiciones, o sea, como tendría que regresar. Pueden tirar de demagogia («No, Sergio, lo que este país necesita no es fútbol sino más inversión en sanidad, ciencia, educación, etcétera. Ya nos distraeremos con otra cosa mientras llega la vacuna»), pero en el fondo también quieren que la pelota vuelva al verde.