OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Homenaje

Antes de despuntar el alba recogí a mi amigo. No eran muchos los kilómetros que íbamos a recorrer pero nos esperaban carreteras de tercera división, seguidas de un camino abandonado, empinadísimo, con baches y piedras sueltas. Yo tenía por entonces un pequeño todoterreno y confiaba en él. Sin embargo, opuesta a esa fe que tenía en mi viejo sujuki, como lo llamaba mi hija, estaba la que no depositaba en mí como conductor del mismo. Nuestro objetivo era robar, o mejor dicho retirar de su abandono, el reloj anclado en la pared de una vieja, perdida y, para muchos, desconocida estación de ferrocarril. Yo había regresado hasta allí, arrastrado por la nostalgia, tan solo un par de días antes encontrándome un edificio abandonado, con ventanas y puertas arrancadas, así como con viejos diarios y libros de contabilidad enmohecidos y dispersos por el suelo. Todo en un estado lamentable. Aquel paraje, en el que yo había pernotado siendo niño, estaba, décadas después, desamparado, triste, penoso. Curiosamente, en la fachada sí seguía su obsoleto reloj, uno de aquéllos que marcaba la hora a viajeros y personal ferroviario. Al verlo, algo me atrajo hacia él y decidí que debía ser mío para lucir, a modo de homenaje a tiempos pasados que no retornarían, en mi propia casa. Comentado el asunto con mi amigo, se ofreció para ayudarme a hacerme con el botín, encargándose él de conseguir herramientas adecuadas para, subidos en el techo del coche, cogerlo y darle un más próspero destino. Tras un viaje frío, largo y cargado de risas, al llegar comprobamos que alguien había debido pensar lo mismo y se lo había llevado ya. Tantos años abandonado y en 48 horas a dos personas se nos había ocurrido algo parecido. En el regreso, al margen de lamentarnos, decidimos, mano a mano, en qué bar y de qué pueblo pararíamos para, como procedía y debido al madrugón, darnos un homenaje.



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