TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Acordes y energúmenos

La cultura es y ha sido mirada por la historia como un elemento de moralización, y ese es quizá uno de los motivos por el que a algunos resulta molesta. Además, se puede afirmar, que de todas las artes la música es tal vez la que debe tener más dichosa influencia sobre la moral de los individuos que se diferencian, entre otras cosas, por la música que más escuchan y aquella con la que se sienten mejor, rap, copla, rock, sinfónica, etc. Bien es verdad que lleva siempre el sello del pueblo que la cultiva y del diferente estrato social. Puede decirse que es la lengua más universal, pues todos la entienden en mayor o menor medida, y en esa medida recompensa a quien la escucha. No son solo palabras o sonidos articulados, sino sensaciones que se combinan según unas normas, a veces no escritas. Además, la razón que coordina estas sensaciones les da un sentido y una trascendencia moral.
¿Cuándo nuevas notas llegan a vuestros oídos, aunque oídas mil veces, no habéis descubierto alguna vez que el final de la melodía correspondía con vuestro pensamiento, punto por punto al del artista, o la emoción de un recuerdo? Divulgar la música no es otra cosa que aumentar las relaciones del hombre con el hombre. Cada instrumento, como cada cifra en matemática, tiene un valor absoluto y un valor relativo; se basta a sí mismo para originar la armonía, pero cuando varios instrumentos se unen entre sí, aunque sea de manera vocal, alcanza otra dimensión y tiene un valor doble o triple, según el rango que ocupa en la ejecución de una obra musical.
¿No es la música un medio de hacer más habituales las relaciones de los hombres entre sí, de mantener esos sentimientos de generosidad que forman el encanto y la fuerza de la sociedad? Hoy día parte de la enseñanza debería contribuir a fomentar en nuestros hijos la vieja costumbre de instruir con emociones puras y elevadas; inspirarles desde la niñez esos sentimientos de orden y armonía que tienen un eco necesario en la vida interior del hombre, tan necesarios para tener un feliz porvenir, o al menos un poco de consuelo. Entre el abundantísimo ruido mediático, imparable gracias a tanto cacharrito con pantalla, las aulas no producen iguales placeres. El arte reúne una multitud de individuos que sin él no hubiesen tenido tal vez entre sí más que raras é insignificantes relaciones, y afortunadamente las clases de pintura o los conservatorios aun gozan de presencia infantil. El papel cada día interesará menos si con un teclado accedemos a casi cualquier información para la que antes se necesitaban numerosos volúmenes ilustrados. La multitud siempre curiosa, siempre ávida de goces morales, (aunque a veces no se dé cuenta) se agrupa en esos conciertos que a cada instante se encuentran en nuestras urbes. La música entra en una nueva era, la de la «globalización», pero hay un hecho que no puede negarse, los artistas representan a las naciones, son sus abanderados y orgullo de los países, despertando sentimientos de simpatía a propios y extraños. Los lazos culturales son más fuertes que los acuerdos políticos, provocando una estima recíproca que deben reinar entre todos los pueblos, pensemos en el Instituto Cervantes o Rosalía, esa moza chapada que canta en Hollywood y en las Ramblas. 
   Quiero creer, porque es bueno para la salud, que la humanidad no va siempre descendiendo hacia el infierno material, como algunos dicen; que el sentimiento de lo bueno, lo verdadero y lo bello se apodera de ella, sobre todo después de las cíclicas crisis. Las metrópolis más ricas han desarrollado la inteligencia para someternos con su fuerza, por la industria y la política. Crean los algoritmos necesarios para dominar el mundo. Y aún así me parece bueno creer que hay caridad y que las bellas artes nos reconfortan; que se acerca, por fin, esa fase dé la civilización en que todos los elementos sociales vendrán a coordinarse, que todos los elementos de la armonía vendrán a afinarse y confundirse en el acorde perfecto. Quiero creer, pero no me lo creo, que cada vez veo más idiotas telepáticos que me dejan patidifuso, elementos discordantes, energúmenos onomatopéyicos a los que la armonía material y metafísica les importa un pimiento. 



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