DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Una revuelta sin retorno

Hay muchas probabilidades de que estuvieras en la manifestación del domingo en Madrid. Si no tú, querido lector, algún familiar, amigo o conocido. En Castilla-La Mancha, fundamentalmente en Guadalajara y Cuenca, no nos tienen que explicar cómo es la España vaciada. Si nos ponemos a contar los pueblos con menos de 20 habitantes, la provincia más al norte de la región está a la cabeza de España, un dudoso mérito del que presumir. Tampoco hace falta recordar todos esos datos que nos sitúan en el pódium de las zonas de Europa con mayor índice de envejecimiento o la pírrica densidad de población en lo que han denominado como Serranía Celtibérica. Las comparaciones con Siberia y con Laponia del Sur pueden resultar exóticas pero a mí ya me empiezan a cansar, por muy gráficas que sean.
Si estuviste el domingo en La Revuelta de la España Vaciada puede que a estas alturas tengas sentimientos encontrados. Sé que no te hizo ni pizca de gracia ver a ministros, diputados nacionales, autonómicos y provinciales, tampoco a consejeros autonómicos portando pancartas e intentando acaparar protagonismo. Igual que estuvieron en una marcha contra la despoblación se podían haber manifestado por la paz en el mundo. ¿Acaso no es un noble fin? Aun hablando de un asunto tan grave, tiene guasa que los responsables -directos o indirectos- de impedir la muerte de los pueblos se echen a la calle junto a aquellos que criticaban, precisamente, su pasividad y falta de diligencia para abordar un drama al que se llega, si es que se llega, demasiado tarde. Sé también que ciertos personajes te han herido cuando han intentado mofarse de los que fueron el domingo para pedir no ser más que nadie, pero tampoco menos. Risto Mejide es un provocador que no merece la pena dedicarle ni una palabra más. Con la burla sólo trata de tapar sus vergüenzas.
Al margen del cabreo que puedan generar ciertas conductas, algunas hipócritas y otras directamente miserables, sobra decir que la revuelta fue un éxito total. Aunque finalmente se sumaron más de un centenar de colectivos, el mérito es de Soria Ya y Teruel Existe. Da igual si fueron 50.000 o 100.000. La masiva respuesta no entraba ni en el mejor de los pronósticos. Las dos plataformas vecinales fueron las primeras que movilizaron al personal y su entusiasmo demuestra que el habitual lamento serrano, molinés o alcarreño no sirve para luchar contra las desigualdades. No estaría de más que los de aquí tomáramos nota. Vista la repercusión, el efecto hubiera sido mucho mayor si la manifestación hubiera sido en cualquiera de las dos ciudades castellanas, pero prever las cosas a toro pasado es jugar con ventaja. No deja de ser paradójico hablar de zonas deprimidas en la capital más poblada del país, a pesar de que es el sitio donde se toman las grandes decisiones. No se trata de buscar una pócima milagrosa; ni la hay ni se va a descubrir. Que nadie espere que se vaya a dar la vuelta al calcetín de la noche a la mañana. Esta revuelta ha servido para dar visibilidad a un problema y es el momento de aprovechar la inercia que se ha generado. Es época electoral y el fango de la campaña puede confundirnos. Los que estos días se han subido a un tractor, no lo volverán a hacer hasta dentro de cuatro años y muchos de los que sostenían una pancarta, no pisarán un pueblo en meses. De eso no hay duda, pero conviene separar la paja del grano -que de eso saben mucho en el medio rural- y aprovechar un movimiento que es imparable. El domingo nos quedamos con la cara de muchos de los que allí estuvieron. Si no cumplen, habrá que recordárselo, que somos pocos pero con la fuerza y dignidad suficientes para dejar en evidencia a todos los que lo merezcan.