TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Una barbaridad y una bestialidad

En la conocida zarzuela de La verbena de la Paloma decía la letra que «las ciencias adelantan que es una barbaridad». Una «brutalidad» y una  «bestialidad» decían don Hilarión y don Sebastián. Y lo sigue haciendo vertiginosamente. Mucho ha avanzado el mundo desde que los fundadores de Philips comercializaron sus primeros aparatos. Ellos eran familia de Karlos Marx, cuya estirpe se convirtió al luteranismo. He encontrado a Marx dentro del cristianismo, alguien preocupado por el trabajo de los niños en las fábricas de Manchester y por la mujer trabajadora y mal pagada. La historia explica que Marx fue manipulado por Stalin y los cubanos. Engels es el teórico de esa economía de consumo que nada bueno traerá a la humanidad si el hombre es despojado de su esencia. No obviemos el dolor y la injusticia que hay al otro lado del marxismo, o el consumismo, por la manipulación de los aprovechateguis responsables de todas las guerras y cataclismos.
Digamos lo que digamos todos somos más o menos marxistas. Nos decía un «marxista de pedigrí» llamado Groucho Marx: Hijo mío, la felicidad esta hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…
Hoy he leído que un chino llevaba viviendo más de treinta años en un portal, de la basura subsistía, solo quería leer, aprender era su único placer. Después de ser descubierto por otros chinos, recibía visitas de gente que le pedía consejo o le gustaba oír frases y citas sabias de Confucio y otros sabios que citaba sin darse importancia pero que para el eran la esencia de lo verdaderamente importante. Muchos intentaban hacerse selfies con él, a pesar de su pelo rijoso y su desdentada boca. Tan populares han sido los videos que han colgado de él en la red que ha desaparecido, probablemente agobiado, ante la afluencia de autorretratos que lo tenían a él de fondo, tal vez tras afeitarse y harto de no poder llevar esa vida que para él era placentera. Su originalidad, y si quieren su genialidad, fue y es alejarse voluntariamente de la sociedad de consumo que le consumía su existencia por un puñado de yuanes, esa sociedad que lo considera un inútil porque no sirve a los intereses económicos, sociopolíticos, psicológicos y espirituales que la conforman. El consumo es necesario, y el chino que menciono sobrevivía gracias a la basura que otros chinos desechaban, algo que le daba incluso para comprar libros que era lo único que atesoraba. Y ya lo dice A. Marina: «La lectura es el gran arma contra el fascismo», y yo creo que lo es también contra el marxismo, contra los tontos que solo querían tener un selfie con alguien original sin copiar de su valentía y renuncia a los placeres impostados por el consumismo.
Yo no quiero ser un aguafiestas, sino vinofiestas, participar con vosotros, ora sacras bodas bíblicas de Caná, ora como las del rico Camacho quijotiles, huir del tufo de la regañina en el sermón, acercaros a los días de vino y rosas en que los enamorados se prometen sin pensar en los límites que una sociedad de consumo impositiva que con aranceles penarán nuestro trabajo y economía amenazando nuestra felicidad. En la sociedad de consumo hay al menos dos tipos de pobres decía Teresa de Calcuta: los que no tienen dinero, y los que solo tienen dinero. Haciendo una paráfrasis nada religiosa como la apuntada por Gómez Serrano: «En el consumo vivimos, nos movemos y existimos». No quiero seguir citando a otros, pero no me resisto a citar al de Úbeda, a Sabina que cantaba «El dinero, el único Dios verdadero», que sabido es que el dinero es la única religión que algunos practican, aunque se digan ateos o cristianos. El ateísmo o el agnosticismo de la sociedad en que vivimos hacen complicada la relación con otros dioses, que como el chino, no consideran al dinero un bien supremo. El Dios que se aleja del dinero es anatema para los que atesoran fortunas en esta sociedad consumista, y aunque los falsos profetas del marxismo digan que reniegan del, todos prefieren una tinaja, y no un pobre portal para vivir. Barbaridad es que la tecnología o el consumo no nos ayuden a pensar y vacíen al hombre de su esencia: la libertad de espíritu, lo que queda cuando nada material queda, otra vida.