OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Samugo

La primera vez que creo haberlo visto, al menos conscientemente, fue en un pasillo. Yo iba a comprar agua para regresar inmediatamente a clase. Él venía de frente y, al mirarle a la cara, bajó inmediatamente su vista enfocando, digo yo, al suelo. Me resultó chocante su reacción pues estábamos solos. No obstante, me pareció cortés trasladarle un simple «hola» que no recibió respuesta alguna. Al menos no la oí. No me llamó entonces demasiado la atención su reacción pues, dada su aparente edad, podía ser alumno, profesor o padre. Ahí quedó la cosa. Días después me lo encontré en la Sala de Profesores. Él estaba sentado frente a un ordenador. «¡Coño, me dije, va a ser profesor!». Le saludé. ¿Alguien escuchó su respuesta? Yo no. Me puse a hacer fotocopias y de repente se cerró la puerta tras de mí. Al girarme descubrí que se había marchado sin decir ni mu. Sentí vergüenza ajena y un pelín de cabreo. Posteriormente me lo he encontrado en situaciones similares y su reacción siempre me ha provocado, al margen de valoraciones que omito, la sensación de que no está a la altura de las circunstancias, ya no a nivel personal sino, peor aún, de su condición docente. Es, a fin de cuentas, un educador. Hace días, hablando con otro compañero, le contaba mis vivencias con el sujeto en cuestión y la opinión que me merece su forma de ser como padre de potencial alumnado que también soy. Ninguna era positiva. Pero hablando con mi amigo sentí al menos el consuelo que invade a los tontos cuando son conscientes de que su mal aqueja, de igual manera, a otros muchos. Con ansia, y reconozco que cierta maldad, espero el momento que viviremos, en poco más de una semana, cuando ambos nos sentemos solos en una mesa a evaluar alumnos comunes. Mirándolo a los ojos constataré entonces si, tal y como parece lógico suponer, sabe articular palabra alguna este samugo.
 



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