LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


La evaporación política

Emiliano García-Page dijo el lunes en Onda Cero, un día después de su arrollador triunfo en las elecciones, que el caso de Podemos y su socio José García Molina en Castilla la Mancha, lejos de considerarse un asunto de fagocitación, debía tratarse más bien como un tema de evaporación política. García-Page consiguió la noche del domingo sacarse de entre la tercera y cuarta intercostal la puñalada que los podemitas le clavaron aquella ya lejana primavera del diecisiete, cuando las cañas se volvieron lanzas y Pedro y Pablo quisieron purgar la izquierda no afín ni adscrita a sus planteamientos. Fue el annus horribilis de Emiliano que el domingo dio por amortizado con una de las mayores y más contundentes victorias de la pequeña historia democrática de nuestra región. Si Bono barrió a Illana, Page ha arrasado con un pentapartito. El viejoven toledano reconvertido en manchego se ha salido con la suya y ha recordado a los descreídos que son todavía posible cosas que considerábamos de antaño, como las mayorías absolutas.

El caso de García Molina es diferente. Ha cogido la Harley y se ha pirado diciendo adiós en Twitter, como sólo sabe esta nueva generación de políticos marchosos de chupa y móvil. Ha hecho Podemos una campaña ingeniosa, eso no se lo va a quitar nadie; pero lo que no vieron Molina ni María es que falló la base, el trabajo. Aparte de los cuchillos que en las Cortes volaban y que hicieron a Llorente dar ruedas de prensa en los jardines para que ninguno lo alcanzara en los pasillos, la cuestión que deja de fondo el fracaso de Podemos es, básicamente y con todos los respetos, que no puede tomarse a la peña por tonta. Quebrar un presupuesto, quebrantar la confianza de un proyecto político una buena mañana como quien no quiere la cosa, como por ensalmo o encantamiento, y volverlo a recomponer a cambio de unas cuantas prebendas, canonjías o colocaciones de la chupipandi, no puede pasar inadvertido. No me gusta hacer leña del árbol caído, pero en política lo que parece es. Y el personal lo ha visto tan claro que, revueltas incluidas, marqueses de Galapagar y concilios de Toledo convocados, ha optado por dar la espalda a quienes venían a salvar a la gente y se salvaron a sí mismos.

Personalmente, tengo la mejor de las impresiones y consideraciones de José García Molina, Jose. En las antípodas políticas, hemos coincidido en largas conversaciones sobre filosofía, cine, música, libros, teatro e incluso teosofía. Es un gran seductor con la palabra hasta el punto de que en alguna ocasión lo llamé psicólogo argentino. Lo salva su gran sentido del humor, donde también coincidimos. Recuerdo que no me perdonó una comparación que le hice con Paulo Coelho, pero creo que ahí precisamente es donde radica parte de su estrépito, en la irresistible tentación de una contemplación prolongada. Determinados discursos, si no se explican bien, son muy válidos para las aulas o los tratados de filosofía, pero no para el lunes por la mañana o el fin de mes. Molina y Podemos han demostrado no conocer la tierra que pisan y, sobre todo, no calibrar la inteligencia que mana de quien se mesa los cabellos cuando algo no entiende. Y sus comportamientos, en ocasiones, eran ininteligibles.

Molina ha sido un sofista que ha dicho varias cosas a la vez y ha desacompasado las palabras de los hechos. El Plan de Garantías es un resumen perfecto de la legislatura. Un plan de palabras evanescentes envueltas en el aura de la prestidigitación política que no llegó nunca a la gente. Más que evaporación, el problema fue la insoportable levedad del ser.