LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


¡Será por dinero!: cuando el caos te ayuda a mandar

Es mi presidente del Gobierno aunque no me guste, y no quisiera ser faltón con él. Hace unos meses consignábamos aquí el significado en el diccionario de la RAE del término ‘chulo’ y ‘chulería’. Hay personas maravillosas que pasan por la vida, incluso para agrado ajeno y calentón del género opuesto (o propio), siendo chuletas, y no pasa nada. Sin embargo, cuando esa cualidad de persona sobrada y pagada de sí misma se instala en la política, y no digamos en una magistratura de primera magnitud, se convierte en un riesgo para todos y para el presupuesto. Después de hacer que nos gastáramos el doble de dinero y de paciencia en acudir a las urnas dos veces en un mes, porque a su excelencia le venía bien, ahora amenaza con volver a forzar elecciones generales para finales de año. ¡Será por dinero! Lo único que tiene que pasar es que cuadren sus planes para alcanzar el poder sin hablar con nadie. Este es el fondo del asunto: si la sociedad española, equivocada o no, ha decidido instalarnos en el multipartidismo, de lo que se trata es que el Congreso elija y se ponga de acuerdo en un presidente, este u otro, que concite el mayor de los apoyos. Recordemos que deberíamos estar aún en la Legislatura 2016/2020 y que la moción de censura precipitó primero un cambio de Gobierno, y luego las elecciones. Mientras que los parroquianos evaluamos qué estamos haciendo con nuestro voto, el país continúa sin proyecto, y lo más grave es que la clase política no entiende que la ciudadanía no sabe tampoco con claridad lo que quiere, por lo cual se habría de imponer un gran pacto o coalición. Con los que sea, PP incluido, pero un entendimiento es necesario hasta que las tendencias electorales se reajusten y ofrezcan soluciones.
El presidente del Gobierno es el que menos lo ve, y se cree un político del siglo XX elegido por el destino para imponer su voluntad: quien pensara que cedería ante Podemos o Cs lo tenía claro, ya que su ascenso viene precisamente de no pactar, ni hablar ni ceder ante los propios. El espíritu de su ‘resistencia’ ha sido siempre el mismo: imponer su criterio, por muy minoritario que sea, ante los propios y los rivales, para conseguir un poder cimentado en la división y las derrotas ajenas, pero no en una plataforma amplia y multipartidista que confiera de una vez a España una serie de objetivos comunes. Por eso le viene bien lo del pacto con las fuerzas que pretenden socavar la unidad nacional, porque a éstas les beneficia una España desdibujada, lo que le permite a él consolidar el liderazgo nacido del caos y la crisis. Es un político amante del barro, que se desenvuelve bien en el regate corto y en el juego de desprecio y de largas a sus opositores internos y externos. La clave del mantenimiento de esta política de crisis permanente a la italiana, que hubiera sido plenamente compartida por el difunto Giulio Andreotti, es que se mantiene mientras el que la provoca y se beneficia es el que maneja el presupuesto público. Así, la posibilidad de tirar de la caja le confiere la autoridad social y económica que le separa del marasmo que él mismo ha creado, y los meses corren sin que sepamos bien donde vamos. Un fenómeno él y unos fenómenos los españoles que andamos desnortados y estamos acostumbrándonos a una política de mínimos.