BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


De la precampaña a la campaña

No cabe la menor duda de que nuestros políticos piensan que la ciudadanía no tiene otro entretenimiento ni misión que pasarse el día escuchando las sandeces con que a cada momento la obsequian. Pero deberían enterarse de una vez que no es así; buena prueba de ello es la cantidad de gente que deserta a diario de los informativos, de los telediarios e incluso de la prensa «seria», que parece que vive única y exclusivamente para darle aire a estas criaturas lanzadas a una campaña electoral inacabable, que si por algo brilla es por su falta de ideas.
Entre el «brexit» y los lapsus de nuestros políticos la cuaresma está siendo de agonía, menos mal que este fin de semana tenemos el recurso de viajar a Agramón (Albacete) y mezclarnos con la barahúnda de tamborileros venidos de todas partes, desde el Alto Aragón hasta Murcia, para olvidar nuestras cuitas a base de redobles. Porque algo hay que buscar, máxime cuando estos insufribles camicaces de los sondeos y de los votos aprovechan el sábado y el domingo para repicar sus campanas y darle caña al de enfrente. Porque no hay más. Y si no, que se lo digan al señor Casado, con su insufrible discurso descalificador, plagado de insultos y arrogancia, incapaz de ver el descalabro en que puede incurrir. Porque está claro que con personajes como Suárez Illana no se puede ir muy lejos; lo vimos ya en Castilla-La Mancha: mucho apelar a la herencia paterna pero, como diría Cervantes, poco seso. Su primera salida, como la de Don Quijote, ha necesitado de manos caritativas para que lo reconduzcan al redil, hasta ese punto este caballero –que no sé qué ha hecho ni a qué se ha dedicado, salvo a actuar en alguna que otra capea, desde que falleció su añorado padre– anda a muchos metros de la realidad, vamos, que ha perdido pie. Con esa compañía, señor Casado, no puede llegar muy lejos: debería haberse informado. Aunque mucho me temo que usted ande muy escaso de prudencia, pues le ha faltado tiempo para incurrir en el mismo despropósito de Pablo Iglesias cuando, en su día, se soltó por soleares exigiéndole a Pedro Sánchez la Vicepresidencia y cinco Ministerios. Ahora, usted, tan sobrado va de ganar, aunque sea a costa de Vox, que no duda en ofrecerle a Rivera el Ministerio de Borrell –que tampoco anda, por cierto, muy fino–, o sea, el de Exteriores. Para lo cual, primero, como decía, tendría usted que ganar las elecciones sumando con sus dos aliados; segundo, tendría que quedarse por delante de Ciudadanos, cosa que está por ver; y tercero, tendría que domar a Vox, cosa que mucho me temo que no le resultaría nada fácil. Aplíquese, por favor, aquello de no vender la piel del oso antes de haberla cazado, que es lo que viene usted haciendo, porque, para que lo sepa, las encuestas, hoy por hoy, no le son nada favorables.
Es lo que tiene prolongar de este modo las campañas y, sobre todo, hablar mucho; porque el que mucho habla, como también dijo el caballero manchego, mucho yerra, y a usted, de seguir así, le van a faltar toreros –tan de moda en las listas–  para que le protejan con sus capotes. Intente al menos emular a su odiado Pedro Sánchez – ese mismo que quiere usted echar a las bravas de la Moncloa–  que, a la chita callando, lanza un programa de 110 propuestas nada menos, donde promete cosas, como «crear una Renta Mínima Vital», que pudieran resultar utópicas, desde luego, sobre todo cuando habrá que financiarlas con lo que eso conlleva. Pero, al menos, intenta ilusionar al personal,  no a base de bajonazos y locuras, sino con hechos concretos. Hay demasiada desesperación en muchos estratos sociales, mucha pobreza, mucho estudiante con carrera y másteres de verdad en paro para seguir soportando su absurda risita de hombre encantado de haberse conocido. Actúe, hombre, y déjese de tontadas neandertalinas. Lea usted, por lo menos, a Cánovas del Castillo.