LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Las elecciones de los muertos vivientes

Ha sido sacar a Franco del hoyo y venirme a la cabeza el mítico título cinematográfico. Ha sido ver el CIS de Tezanos y quedarme blanco y pálido como una vela, igual que la cera más elaborada de la abeja, con el mismo tono de piel que Miércoles, la pequeña de la Familia Addams. Ya dije hace una semana que lo de Cuelgamuros se me hacía aquelarre de Halloween adelantado y escuchando según qué discursos, una güija de Carmen Calvo recién levantada. Pedro se prodiga cada día por las teles, las radios, los periódicos. Por tierra, mar y aire, igual que un Falcon de playmobil. De niños, cuando jugábamos, terminábamos metiendo los barcos por carretera y los aviones en el mar. Eso es lo que temo que me va a pasar. Meteré en el sobre del Congreso la papeleta del Senado y en el del Senado, la Q1, que soy muy antigua. He llegado al inicio de la campaña que no sé si entro o si salgo, si subo o si bajo, si voto o me abstengo. Necesito una pastilla pa ponerme a funcionar, que decía Martirio.
Cuando llega Halloween, siempre escribo el artículo a favor de la Fiesta de Todos los Santos o el Día de los Fieles Difuntos, nombre hermosísimo pues sólo un difunto puede verdaderamente ser fiel. Ahora ya no. He sucumbido. Mis hijos se disfrazan de sangre y no veo ni distingo. Y pongo la tele, sale la campaña y es como si echaran el verdugo de Berlanga. Me sigo acordando de Fígaro, el gran Mariano José de Larra, el padre de los periodistas españoles, el mejor articulista de la lengua castellana, el inventor del lenguaje moderno. Larra se voló la tapa de los sesos con sólo veintitantos años y dejó escrito para el mundo las mejores páginas de nuestra literatura. El pistolón se conserva en el Museo Romántico de Madrid. Se lió con una actriz de primera y fue popular y reconocido su trabajo en El Español. Pero no pudo aguantar una sociedad como esta. Se cansó y voló después de decir que el cementerio de Madrid estaba fuera y no dentro del camposanto. No sé qué escribiría si viviese nuestros días.
Las elecciones de noviembre son un Tenorio invertido, un gatillazo de don Juan, una violación de doña Inés. El elector está hasta los cojones y dice a voz en grito aquello de ‘¡Don Juan, Don Juan, la puntita y nada más!’ Luis Mejía y Juan Tenorio se pondrían de acuerdo antes que Pedro Sánchez y Albert Rivera. Estamos en el entreacto de la función, cuando se apaga la vela, las tumbas se descorren y salen las sombras. Soy muy de cementerio y me gusta visitarlos cuando no hay nadie, no en estas fiestas. La fastuosidad funeraria siempre despertó la curiosidad. Los panteones y mausoleos son fieles reflejos de las épocas y formas de pensar. Nadie se pone nunca más serio y grave que con la muerte. Por eso me gustan los gitanos. Si uno muere, muere. Y grita, chilla y muerde. Y levanta la piedra hacia el cielo si hace falta. Como los menhires, que son monumentos funerarios. Voy a ir a votar el domingo de noviembre para echar las cenizas a la urna. No sé de quién o de qué. Algo se me ocurrirá para quemar. Si no, ya recojo yo algo de Barcelona.
Este Halloween me voy a disfrazar de Drácula en taparrabos. Ha dicho Sánchez que va a armonizar los impuestos de sucesiones y donaciones y que luchará contra el dumping fiscal. Armonizará por arriba, claro, no por abajo. Por eso, antes de que me asusten, asusto yo. El taparrabos llevará una inscripción que ponga RIP. Rivera, Iglesias, Pablo. Pedro no hablará de nosotras cuando hayamos muerto.