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Un guiño a la economía local

Carlos Cuesta (SPC)
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La venta de productos denominados 'kilómetro cero' o de proximidad está registrando unos volúmenes de facturación sin precedentes por su calidad y valor de sostenibilidad para empresarios y consumidores

Un guiño a la economía local

Si algo ha quedado patente con la última crisis derivada del coronavirus es que la globalización económica, por la que la mayor parte de los países de todo el mundo se ha dejado llevar, tiene inconvenientes. El hecho de aceptar que el grueso del tejido productivo de los países más avanzados se apoye en la gran fábrica del mundo que se ha convertido China como la mejor fórmula para reducir costes se ha demostrado que es un sistema imperfecto que ha destruido, en gran medida, la capacidad de producción tradicional del país. Volver a recuperar el terreno perdido se hace misión imposible, puesto que los procesos de fabricación durante estas últimas décadas se han modernizado a niveles impensables gracias a la aplicación de potentes tecnologías como la digitalización, la robotización y la inteligencia artificial.

El modelo productivo actual prima la productividad y la reducción máxima de costes a la hora de conseguir crecimientos exponenciales de los beneficios que impide a economías modestas y, especialmente, a los pequeños empresarios poder estar a la altura de los grandes líderes desde estructuras familiares y pequeños negocios.

En contraposición a esta realidad, que muchos economistas consideran deshumanizada y extremadamente competitiva, ha nacido un movimiento que está intentando dar valor a aquellos productos que no tienen que viajar miles de kilómetros desde su lugar de origen para llegar al consumidor final. Se trata de potenciar los denominados productos kilómetro cero o de proximidad.

Una de las actividades pioneras más potentes en esta estrategia comercial se encuentra en el sector agroalimentario que está intentando generar valor mediante bienes de consumo de alta calidad, ecológicos y sostenibles que, para llegar al punto de venta y al cliente final, no se plantean cruzar el planeta, utilizar barcos, aviones, camiones y toda una serie de intermediarios que encarecen con sus comisiones el producto, sino prácticas domésticas, muy cercanas y efectivas.

Asimismo, se trata de evitar que estos artículos generen un elevado consumo de energía para llegar a los mercados en beneficio del medio ambiente y de evitar los niveles de contaminación que actualmente supone el transporte y los medios técnicos que utilizan los grandes distribuidores mundiales.

Los productos de proximidad son una tendencia que se origina en el movimiento denominado slow food que parte de una asociación gastronómica que reivindica una nueva forma de entender la alimentación, cimentada en el ecologismo, el desarrollo sostenible, la defensa de la biodiversidad, el comercio justo y el compromiso de carácter ético con los productores.

Entre las exigencias que se plantean es que tienen que producirse y consumirse en radios que no pueden superar los 100 kilómetros. Es decir, son mercancías locales, la mayor parte de temporada que, además, respetan los procesos de cultivo ecológicos a los que no se ha añadido sustancias químicas o tóxicas para su conservación.

Los defensores de esta filosofía postulan que se trata de un estilo de vida más saludable y natural que permite reducir la contaminación, cuidar el medio ambiente e incrementar las tasas de sostenibilidad. Además, abogan por una economía de mercado más justa donde el beneficio no se lo lleven grandes cadenas ni los intermediarios con el fin de evitar los abusos de un sistema que, con el fin de conseguir los máximos beneficios, pasa por encima de caulquiera y no respeta los derechos de los productores.

El gran éxito que están teniendo estas iniciativas radica en que son consumibles más sabrosos que mantienen intactos todos sus valores nutricionales y se pueden mantener durante mucho más tiempo en cámaras frigoríficas, a la vez que favorecen el desarrollo de una economía circular que se preocupa por la agricultura, la ganadería y la gastronomía local. 

Los economistas que han estudiado este fenómeno sostienen que esta fórmula de producción se basa principalmente en un tema de concienciación que intenta involucrar a las nuevas generaciones y, sobre todo, tomarse muy en serio la necesidad de poner en marcha sistemas ecológicos y racionales, que garanticen la continuidad de los recursos del planeta para las generaciones actuales y posteriores. 

En definitiva, los analistas destacan que, gracias estas nuevas tendencias de consumo, se fomenta en mayor medida la producción y la compra de productos locales, lo que genera, además, una mayor riqueza en los lugares de producción y venta que no descapitaliza, como ocurre con las grandes superficies, ciudades completas cuyos ingresos no tienen retorno y donde los salarios que crea parten de mínimos.

Para comprar productos kilómetro cero como, por ejemplo puede ser miel, vino, aceite, frutas y verduras, huevos o artículos artesanales, se pueden adquirir de forma directa a pequeños productores, en bodegas o cooperativas que se encuentren a menos de 100 kilómetros del domicilio del cliente, así como también en mercadillos locales o en plazas de abastos. 

Se trata de un negocio para el que los supermercados y grandes superficies no son ajenos y saben muy bien que este tipo de artículos cada vez tienen una mayor demanda y encajan mejor en la sociedad que busca valores de sostenibilidad y  del cuidado por el medio ambiente. De ahí, el esfuerzo que están haciendo para incorporarlos entre sus mejores referencias en lineales preferenciales y recomendaciones. 

Muchos de ellos, llevan un símbolo gráfico que los identifica y también se indica con gran claridad el país y la localidad de procedencia para garantizar que su proceso de fabricación cumple con los estándares más rigurosos como productos de cercanía y de calidad.

En los países más avanzados cada vez tienen más cabida los productos a granel, de origen ecológico cuyo coste es mayor, pero entienden que son más saludables.