OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Intolerancia

Hace años, por incredulidad o inexperiencia, la sorpresa solía apoderarse de mí con regularidad. En los años previos a la aparición de canas en mi cabello, cada vez que alguien me decía que su vecino era un gilipollas, su compañero de trabajo un gandul o su pareja inaguantable, mi desconfianza se centraba de manera fulminante en quien compartía conmigo tales confidencias dando poca credibilidad a sus comentarios; más bien lo contrario. Siendo todavía un joven profesor, si la revelación me llegaba de una persona con mucha más edad que la mía, entonces sí que ya no daba crédito alguno a sus, para mí entonces, memeces o chocheces. Cuando un compañero me confesaba, por ejemplo, que la inmensa mayoría de sus alumnos no estudiaba, no mostrando pasión por aprender, buscaba a mi alrededor la palanca mágica que me permitiese jubilarlo o desterrarlo a la Conchinchina. Menudo negado y fracasado, me decía. Hoy en día, cuando las entradas brillan en mi testa, cuando me percato del valor que da el hecho de ser cada vez más maduro, no solamente escucho de otra manera sino que son mis propios ojos los que me ofrecen la información necesaria para constatar la veracidad de los hechos. Hace días escuchaba a una reputada psiquiatra y psicóloga su convencimiento relativo a que, ahora, la humanidad cuenta con el mayor número de tocados del ala de la historia, obviamente en diversos grados. ¿Las razones? Cada cual encontrará las suyas pero el peso de la frustración, la impotencia, la incapacidad, la baja autoestima… forman parte, en buena medida y a mi juicio, de ese equipaje o mochila con el que viajamos. Ahora soy de los que aplaudo el valor de ese puñado de valientes que se atreve a hacer valoraciones de ese tipo aunque, en la mayoría de las ocasiones, sea en petit comité, sin alharacas y tímidamente, simplemente por miedo a los ajenos juicio e intolerancia.