OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Oiga

A veces siento vértigo cuando conozco a una persona que en el primer contacto me deslumbra. Cada vez más prefiero contenerme y vivir en la ignorancia, no dando rienda suelta a esa necesidad innata que me impulsa a profundizar en las personalidades, hábitos o costumbres de mis nuevas amistades o referentes. No han sido pocas las veces que en mi vida se han desmoronado enormes torres, con forma de ser humano, una vez que les he dedicado una parte de mi tiempo a conocerlas mejor, adentrándome en sus vidas, valores o convicciones. A veces tardo, aunque siempre llego. Cuando nuevas personas llegan hasta mí, no es extraño que una parte de ellas me ciegue. Así soy. Pero solo las personalidades realmente “grandes”, con el paso del tiempo mantienen en mí aquellas sensaciones inicialmente percibidas que me arrastraron hacia ellas de manera luminosa. Otras, llegan a mi vida de manera callada, por la puerta de atrás, sin hacer ruido, pidiendo perdón casi por existir. Y cuando caigo en la cuenta de su existencia, descubro verdaderos templos humanos sólidamente erigidos hacia el cielo. La prudencia, la sabiduría, el saber estar o la discreción suelen habitar en ellos. Gracias a la vida, cada vez descubro más personas íntegras con una fuerza interior que me atrae hacia ellas sin yo perseguirlo. Sin embargo, cada vez me agotan más los superficiales, los quedabien, los básicos, los que intentan contentar a unos y otros. Cuando detecto esas conductas en personas de mi alrededor, si son de mi confianza se lo reprocho inmediatamente; si no me aportan nada, también; y si se trata de esas que son intrascendentes, a pesar de que esa hipocresía que tanto odio en los demás busca anidar temporalmente en mí, al final mis miradas, mis gestos, mis feos o la indiferencia más contundente me delatan. Y que no me arrepiento de ello, oiga.



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