CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


Disparatado

02/05/2020

Se supone que en el Gobierno, con sus ministros, secretarios de Estado, directores generales, múltiples asesores más los expertos a los que dicen que consultan todas sus decisiones, debe haber alguien que dedique cinco minutos al día a pensar. Solo cinco minutos, no se les pide ni uno más. Sin embargo parece que nadie lo hace, ni cinco ni tres minutos, porque si fuera así, y visto lo visto, visto el plan de desconfinamiento, la tabla de horarios de salida y todo lo demás, la conclusión es que no hay nadie en Moncloa y aledaños con dos dedos de frente.

Independientemente de las repercusiones económicas que lleva aparejado ese plan de locos, que supone para el comercio, el turismo y otros sectores que más les vale permanecer cerrados que abrir con unas condiciones que suponen la ruina total, las normas de comportamiento que se imponen a los ciudadanos están hechas con los pies.

Caso real: ella tiene 66 años, él 71 y son marido y mujer; ella puede pasear de 06,00 a 10,00 y de 20,00 a 23,00 de la noche; él, de 10,00 a 14,00 y de 19,00 a 20,00 de la tarde. No podrán hacerlo juntos. Otro caso real: un matrimonio joven con niños pequeños pueden pasear con sus hijos de 12,00 a 19,00 de la tarde; los abuelos, mayores los dos de 70 años, de 10 a 14,00 y de 19,00 a 20,00: seguirán viendo a los nietos como han hecho los últimos días, desde una ventana.

Aseguran los expertos que se tratan de medidas sanitarias, para impedir que pueda contagiarse el coronavirus. Han hecho el cuadro como si pensaran que los españoles están deseando contagiarse unos a otros, que toman ninguna medida de seguridad y por tanto hay que meterlos en cintura. Da que pensar que todo un Gobierno y sus expertos hayan realizado un esquema que no solo es un galimatías sino que no contempla casos tan habituales como los dos mencionados, que se repiten a lo largo y ancho de la geografía española.

El mismo Gobierno que presenta este despropósito como de obligado cumplimiento, obliga a quienes acuden a un comercio, a un bar o un restaurante a hacer cola antes de poder entrar, colas que pueden ser interminables si hay que respetar los dos metros de distancia, y que coincidirán por tanto, al ser largas, con otras colas, con los que se sientan en terrazas ampliadas, y con los que simplemente circulan por las aceras porque es la hora que les corresponde para pasear o para hacer deporte. Se amontonarán, evidentemente.

El gobierno, cuando se le critica, dice que es víctima de una campaña de desprestigio. Que diga lo que quiera: la locura de franja horaria y de fomentar colas inacabables para permitir iniciar el desconfinamiento, esta fórmula que Moncloa se ha sacado la manga para ir abriendo comercios, bares y restaurantes, es simple y llanamente un disparate.